Homilía

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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (ciclo A)

(28 de mayo de 2017)

(Hch 1,1-11; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20)

 

Seréis mis testigos en Jerusalén…  y hasta el confín de la tierra (Hch 1,8).

Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos (Mt 28, 21).

La comunidad cristiana se alegra hoy con el triunfo de su Señor. Cristo Jesús es glorificado, tras haber cumplido su misión, y haber alcanzado la plenitud en cuanto hombre. La escena nos la describía el autor de los Hechos de los Apóstoles en la primera lectura. La exposición del misterio la encontramos en el Catecismo de la Iglesia Católica, donde se nos dice: “la Ascensión de Cristo al Cielo significa la participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra” (CCE 668). Nuestra fe en el misterio la expresaremos después en el Credo: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

Alegrémonos, pues, en este día de gloria para Cristo Jesús; alegrémonos también porque su triunfo nos afecta a todos, ya que su Ascensión anticipa nuestra propia victoria, porque es garantía de que también nosotros estamos destinados a los bienes del Cielo. En Cristo, nuestra naturaleza humana ha sido enaltecida y participa ya de algún modo de su misma gloria. Él nos ha precedido, como nuestra cabeza, para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino; también esto lo proclamaremos después en el Prefacio de la misa.

Por todo ello, la fiesta de hoy nos debe llenar del optimismo, al que aludía san Pablo en la segunda lectura, invitándonos a comprender cuál es la esperanza a la que nos llama el Señor y cuál es la riqueza de gloria que nos da en herencia a los que creemos en Cristo Jesús (Ef 1,18). Aún más: hay que decir que la Ascensión es fiesta y motivo de esperanza para todos los hombres; y es que toda la humanidad está incluida en la victoria de Jesús, que, por una parte, nos da la medida del amor de Dios y, por otra, nos muestra que el hombre es capaz de responder a ese amor. La Ascensión del Señor nos señala el camino y la meta final: un destino de vida, no de muerte, aunque el camino  se nos haga, a veces, difícil y oscuro.

Y ahí está, precisamente, otra finalidad que la fiesta de la Ascensión tiene para nosotros: ella nos recuerda la misión que Jesús ha dejado a sus Apóstoles y discípulos y, en ellos, a nosotros. Es el encargo que san Mateo recoge al final de su Evangelio: Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado (Mt 28,19-20). Encargo este que san Lucas recoge, momentos antes de su Ascensión, al decirles: Seréis mis testigos en Jerusalén y hasta el confín de la tierra (Hch 1,8). Efectivamente, hoy somos nosotros los destinatarios de la tarea misión. Somos enviados a comunicar a los demás, de palabra, de obra y con un estilo de vida que sea creíble y elocuente, el mismo mensaje de Cristo.

He aquí algunas tareas que piden nuestra respuesta inmediata: a un mundo en que no abunda la esperanza hay que llevarle ilusión y optimismo; en medio de un mundo egoísta, tendremos que mostrar un amor desinteresado; en un mundo centrado en lo inmediato y lo material estamos obligados a ser testigos de los valores que no acaban. Y todo esto lo deberemos llevar a cabo no sólo los sacerdotes, los religiosos/as, los misioneros/as, sino todos los cristianos: los padres para con sus hijos y éstos para con sus padres, los mayores y los jóvenes, los políticos, los escritores y los comunicadores de los distintos medios de comunicación. Por cierto que hoy, precisamente, celebramos la Jornada de las Comunicaciones Sociales; recemos, pues, por todos los que llevan a cabo esas tareas y para que que lo que digan o escriban responda siempre a la verdad.

Acaso, ante las diversas y exigentes tareas que a cada uno nos aguardan y ante el posible sentimiento de soledad o abandono que nos invada, podríamos preguntar al Señor con el poeta: “¿Y dejas, Pastor Santo, / tu grey en este valle hondo, oscuro / en soledad y llanto; / y tú, rompiendo el puro / aire, te vas al inmortal seguro?  // ¿Qué mirarán los ojos / que vieron de tu rostro la hermosura / que no le sea enojos? / Quien gustó tu dulzura / ¿qué no tendrá por llanto y amargura?” (Fray Luis de León). Claro que sí, Él ha desaparecido visiblemente, pero nos garantizó en el mismo momento de la despedida: Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos (Mt 28,21). Y esto nos debe bastar para continuar caminando.

Precisamente, miramos a este Cristo triunfador que, cada día, se nos ofrece muy vivamamente presente en la Eucaristía, como Viático, es decir, como alimento para el camino, que nos da fuerzas para seguir realizando las tareas encomendadas. Y, por tanto, conscientes del gran desafío que supone continuar su misión, le pedimos con toda confianza: “Señor Jesús, que nos has enviado para colaborar en tu misión, somos conscientes de las dificultades que estamos encontrando o vamos a encontrar en el camino para llevar a cabo la tarea que nos encomiendas: te rogamos, pues, nos acompañes, aunque invisible, con tu luz, con tu paciencia, con tu ternura y tu sabiduría, en esta maravillosa labor de ser continuadores de tu misión. Y te expresamos ya nuestro deseo: que todo el mundo te conozca y te adore, como el único Dios y Señor.

Teófilo Viñas, OSA