Homilía

DOMINGO III DE PASCUA (ciclo A)

(30 abril 2017)

(Hch 2,14.22-28; 1P 1,17-21; Lc 24, 13-35)

 

A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron (Lc 24,32).

El Evangelio del tercer domingo de Pascua narra la conocida escena de los discípulos de Emaús. Estos dos discípulos, al igual que sus compañeros, habían depositados sus esperanzas en Jesús, pero su muerte ha caído sobre ellos como una losa, se sienten decepcionados, su mundo parece haberse derrumbado. Su vida, sin Jesús, ya no tiene sentido. El desaliento y la decepción los impide recordar que Jesús les había anunciado, que resucitaría al tercer día después de muerto. La tristeza es la primera derrota y huyen rumiando sus incomprensiones y debatiendo por el camino los acontecimientos que los perturba. Jesús aparece y camina con los dos de Emaús, preguntándoles y escuchándoles, para luego confrontarlos con las Escrituras a través de una explicación. Los ojos de los discípulos están velados para reconocer al Resucitado. La contestación que dan a Jesús expresa la zozobra en la que se debatían: Nosotros esperábamos (v.22). Jesús comienza a explicarles su Pasión empezando por Moisés, siguiendo por los profetas (Cfr 27). Al llegar a la aldea los discípulos le insisten a Jesús que se quede con ellos. Puestos a cenar, Jesús tomó el pan y lo bendijo; se les abrieron los ojos y le reconocieron. Pero Jesús desapareció de su vista y corrieron a Jerusalén a contar a sus compañeros la experiencia con el Resucitado, recordando la acción transformadora que ha tenido en ellos la compañía de Jesús: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? (v.32).

Más o menos, como los discípulos de Emaús, todos nos hemos sentido abatidos y desilusionados ante los muchos problemas que nos acucian frecuentemente. ¿Cómo es posible que sucedan tantas desgracias: enfermedades, asesinatos, guerras, destrucción, muertes, odios? ¿Dónde está el Señor?  Y nos ponemos en retirada. Si alguien nos preguntara y respondiéramos con sinceridad, responderíamos: Yo esperaba, nosotros esperábamos. ¿Qué ocurre cuando una persona se entrega a otra y le traiciona? Yo esperaba que la otra persona me quisiera tanto como yo la he querido. ¿Qué ocurre cuando nos ofrecen un trabajo que pudiera ser la seguridad para toda la vida y tras muchas promesas, nos lo niegan? Yo esperaba vivir tranquilamente y ser feliz, pero... Yo esperaba. Y en estos momentos de desesperación, el texto evangélico nos dice que Jesús se hace presente. Jesús resucitado esclarece los hechos y da sentido a la realidad vivida. Los dos caminantes le expresan a Jesús su pensamiento y la incomprensión de los acontecimientos vividos en Jerusalén. La explicación de las Escrituras les devolvió el gozo y la esperanza, y les habilitó para reconocer al Señor. Jesús los confronta con el desconocimiento de las Sagradas Escrituras. Jesús no se limita a explicarles una parte de las Escrituras, para enseñar a los dos caminantes, sino que recorre toda la Palabra (Moisés-Profetas-Escrituras). Era necesaria la integralidad de las Escrituras para interpretar correctamente la vida y los hechos del Mesías. Los discípulos conocían parte de las Escrituras y habían escogido aquello que les interesaba, que el Mesías era un profeta poderoso en obras y en palabras, ante Dios y ante el pueblo (v, 20), pero ni entendieron ni aceptaron que era necesario que padeciera (v. 26), y que Jesús les explicará y aclarará por el camino hacia Emaús. Aquí tenemos muchas veces la clave de nuestros fracasos como cristianos: no entendemos o no queremos entender la Palabra de Dios en su totalidad y escogemos aquellos fragmentos que nos interesa, y damos vueltas y más vueltas para justificar nuestras huidas o seguridades.

Hoy como ayer, Jesús sale a nuestro encuentro a través de las Escrituras para dar sentido a nuestra vida y para revelarnos que sólo podemos vivir la novedad de vida que Él ofrece, si escuchamos en su totalidad la Palabra de Dios. A partir de este encuentro, los dos discípulos sufrirán un cambio radical en su vida. Ya no volverán a ser los mismos, pues sufrirán un cambio transformador que no podrán olvidar: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras? (v.32). Desde que Jesús comienza a hablar a los discípulos hasta el final de la historia, todo está empapado por la Palabra de Dios, como elemento esencial para poder reconocer a Jesús.

La vida y la palabra de Dios conducen a la celebración del sacramento, a la fracción y la bendición del pan. La unión de los tres elementos: vida, palabra, y fracción del pan, provocan la apertura del corazón y de los ojos para captar la presencia del Resucitado.

Los discípulos retornan a Jerusalén para contar lo que habían experimentado y vivido a lo largo del camino. La vida cristiana no es auténtica si falta el testimonio de lo que vivimos: la presencia del Resucitado que transforma nuestras vidas. En la eucaristía es donde mejor se expresa lo que quiere comunicarnos este texto evangélico. Todas las semanas acudimos a la eucaristía para confrontar nuestra vida con la palabra de Dios y para alimentarnos con el pan eucarístico que Jesús bendice y nos reparte, y salimos para testimoniar lo que hemos vivido en la presencia del Resucitado.

Los discípulos se levantan de la mesa y vuelven a la comunidad de Jerusalén a anunciar a sus hermanos la experiencia con el Resucitado. ¿Cuándo salimos de la eucaristía, somos conscientes de que Cristo nos ha hablado y ha partido para nosotros el pan eucarístico? ¿Somos signos de la presencia de Cristo resucitado?

Vicente Martín, osa