Homilía

DOMINGO I DE CUARESMA (ciclo A)

(5 de marzo de 2017)

(Gén 2,7-9; 3,1-7; Rom 5,12-19; Mt 4,1-11)

 

Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo darás culto (Mt 4,10; Dt 6,13).

El Miércoles de Ceniza iniciamos el camino hacia la Pascua, es decir, el camino de conversión que nos ha de llevar de retorno a Dios, siguiendo los pasos de Jesús. Es el tiempo de la Cuaresma, o periodo de cuarenta días, durante los cuales, la Iglesia nos exhorta a intensificar la penitencia y la oración para unirnos más íntimamente a nuestro Señor Jesucristo en su camino hacia el Padre, a fin de participar de su comunión con Él, y, de esta forma, nutrirnos de su vida divina.

Lo que aparta al hombre de Dios es el pecado, que es una actitud de autosuficiencia y rechazo de Dios. Sólo la gracia de Cristo puede transformarnos en hijos de Dios, y la oración y la penitencia nos disponen a acoger esa gracia.

El pecado no forma parte de la condición en que Dios creó al hombre, sino que el pecado entró en el mundo por una decisión libre del hombre, al cual creó Dios a su imagen y semejanza (lo hizo poco inferior a los ángeles –Sal 8,6). El hombre se vio a sí mismo como señor del mundo, superior a toda otra criatura, y esto lo dispuso favorablemente a escuchar la insinuación del tentador de que realmente podía lograrlo si se lo proponía, es decir, si no se resignaba a su condición de criatura agradecida, sensata y obediente, sino que tomaba la determinación de actuar como si realmente fuera el soberano del mundo. Es lo que significa el comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, es decir, arrogarse el hombre la atribución divina de decidir por sí mismo sobre el bien y el mal.

Como consecuencia de la actitud pecadora del hombre, se frustró el plan divino de hacer partícipe al hombre de la comunión de vida con Él y de su amistad. El pecado se adueñó del hombre y se extendió por toda la tierra, de forma que ningún ser humano (salvo Jesucristo, por la incompatibilidad de Dios y el pecado; y la Virgen María, por privilegio especialísimo) se vio libre de su influencia negativa. De tal forma que, de no haber intervenido personalmente el Hijo de Dios, todos los seres humanos (y, con ellos, el mundo entero) habrían sufrido la condenación eterna.

Hasta la venida de Cristo, se puede decir que la tiniebla del pecado envolvía el mundo, cuyo príncipe era el diablo, padre de la mentira, por haber engañado a nuestros primeros padres. Tuvo que venir de fuera la tentación, pues ni en los hombres ni en el mundo había nada malo que pudiera hacer tropezar a los primeros hombres. Encontró un punto de apoyo en la ambición humana, que no repara en los medios para conseguir el fin supremo de ‘ser como dioses’.

Tan real como el hombre por el que entró el pecado en el mundo fue Jesús, el Mesías de Dios, que vino al mundo enviado por Dios para arrebatar a Satanás el reino en que había convertido a la tierra de los hombres, y edificar un reino para Dios, de verdad y justicia, de fidelidad y de gracia. El camino había de ser el opuesto al seguido por Adán: obediencia frente a desobediencia; fe contra desconfianza; gratitud frente a ambición. Son las dos actitudes que se ponen de manifiesto en las tentaciones soportadas por Jesús: fidelidad a Dios o rebeldía.

Cuando vino Jesús a la tierra, no encontró precisamente un paraíso terrenal (como el de Adán y Eva), sino un mundo dominado por el diablo. Siendo imposible que la tentación surgiera del interior de Jesús, Hijo de Dios, no hubieron de faltarle proposiciones acordes con los valores del mundo. El diablo presintió una amenaza seria contra su soberanía en el mundo, de parte de Jesús, al cual pretendió, por todos los medios, apartarlo de su obediencia a Dios, proponiéndole un mesianismo más fácil, más eficaz y más gratificante (más acorde también con el mesianismo judío), aprovechando sus poderes mesiánicos en su propio beneficio; abusando caprichosamente de la protección dispensada por Dios a su Mesías; y, en el colmo del atrevimiento, ofreciéndole poder político, gloria terrena y vida de placer a cambio de su vasallaje.

Resulta difícil imaginar que la comunidad cristiana primitiva hubiera compuesto el relato de las tentaciones de Jesús, con un punto de irreverencia. Es más admisible pensar que tal historia proviene del mismo Jesús, que se la daría a conocer a los discípulos, sin que ello implique la total literalidad del relato. Pudo tratarse muy bien de un proceso interno del mismo Jesús, solicitado a hacerse de este mundo, en vez de pretender transformar el mundo. Es, por otra parte, la misma situación que se repite una y otra vez a la Iglesia y a sus miembros, solicitados a identificarnos con los valores del mundo, en vez de vivir en el mundo, pero sin ser del mundo (Schmid, Herder, 98-102).

La ventaja con que contamos nosotros es que tenemos el ejemplo de Cristo, que ha vencido al Malo, llevando su mesianismo hasta las últimas consecuencias, cargando con los pecados del mundo, como siervo sufriente, compadecido de las calamidades de sus hermanos. Luchó contra las enfermedades, prestó atención a los postergados de la sociedad, resucitó a los muertos y, sobre todo, resucitó de entre los muertos, venciendo a la muerte, último bastión del pecado.

La lucha contra el pecado está en marcha. Cristo nos invita a plantar cara al pecado en todas sus manifestaciones: mentiras, apariencias, injusticias, pobreza, ambición, hedonismo… La oración, el sacrificio y la limosna son medios muy recomendables. Pero, sobre todo, contamos con la gracia de Cristo, que viene en nuestro auxilio.

Modesto García, OSA