Homilía

Domingo III Adviento (Ciclo B)

(17 de diciembre de 2017)

(Is 61,1-2ª.10-11; 1 Tes 5,16-24; Jn 1,6-8.19-28)

 

En medio de vosotros hay uno que no conocéis (Jn 1,26).

A las puertas de la Navidad, el texto evangélico de hoy nos presenta a un profeta enviado por Dios (Jn 1,6-8.19-28), se llama Juan y viene para dar testimonio de la luz. El evangelista nos dice que Juan es testigo y como testigo su misión es dar testimonio, en este caso testimonio de la luz. El Bautista es un puente para creer en la luz, es un testigo privilegiado cuya misión es prepararle al Mesías un pueblo bien dispuesto. Todo para que todos, sin excepción, creyeran por medio de Juan el Bautista. La segunda parte del evangelio de hoy (vv.19-28) nos refiere concretamente la manera cómo Juan Bautista da testimonio del Mesías que viene: no era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz (v.8), es testigo de Jesús, no es Jesús. Siempre es un testigo y como tal ocupa un lugar destacado en la historia de la salvación.

Las autoridades judías envían una embajada para investigar su labor. Con razón podían identificar a Juan como el Mesías esperado por su mensaje, por su estilo de vida, por su testimonio. Ante las preguntas a las que es sometido responde tres veces con rotundidad: No. No es ni Elías, ni el profeta, ni el Mesías esperado. Juan no tiene ningún interés en hablar sobre sí mismo: Él confesó: “yo no soy el Mesías” (v. 20). Su único propósito era el de concentrar la atención sobre el Mesías esperado y que ya estaba entre ellos. Entonces ¿quién es este hombre? Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor” (v.23). Juan Bautista no usurpa el lugar que le corresponde a Jesús. Es un testigo humilde y sincero que reconoce su lugar y misión, sabe que debe dar testimonio de Jesús y no se ajusta tanto a la pregunta que le hicieron como a los pensamientos que tenían en su mente: “Yo no soy el Mesías” (v.20). El gozo de Juan era que Cristo fuese más conocido que él. No era el esperado del pueblo, pero no deja de anunciarlo con una poderosa profesión de fe: En medio de vosotros hay uno que no conocéis (v.26).

Juan es el testigo en quien nos debemos fijar en estos días previos a la Navidad. La actitud de Juan, sea cual sea la historia en la que andamos sumergidos, nos marca un camino a los cristiano; su misión y nuestra misión es testificar o indicar la presencia de Cristo en el mundo, procurando que nuestro testimonio sea transparente y los hombres descubran en nosotros el rostro de Jesús. Sabemos que Jesús se encuentra entre nosotros, que está en medio de nuestro mundo. Tres actitudes destaca S. Pablo en la segunda lectura: la alegría, la oración y la gratitud. Estas tres actitudes cristianas señalan el modo cómo tenemos que esperar y descubrir al Señor porque esta es la voluntad de Dios respecto de vosotros (v.17). Pero para hacer posible estas tres actitudes fundamentales de un cristiano auténtico tenemos que dejar que el Espíritu Santo actúe dentro de cada uno. El Apóstol dice: No apaguéis el espíritu (v.19). Sin la luz del Espíritu Santo no podemos distinguir las obras de Dios y las que no son de Dios.

Nuestro testimonio debe realizarse con palabras y hechos concretos que muestren al que es la plena iluminación: Jesucristo. Y para lograrlo, el Evangelio nos pide que hagamos espacio al Dios encarnado, como lo hizo el Bautista, sin desvirtuar la Buena Nueva y sin hacernos propaganda a nosotros mismos. Pero además, nos pide que sepamos apartarnos para no estorbar al encuentro que se da entre Dios y cada persona. El testigo sabe apartarse para dar lugar a Dios, está abierto a la auténtica alegría, ha experimentado los efectos de la Luz en su propia vida. Esa Luz que da sentido a la existencia, que transfigura las tinieblas y que hace surgir la paz por la práctica de la justicia y del amor fraterno.

¡Cuántos cristianos han apagado la llama interior del Espíritu Santo! En la actual sociedad consumista en la que vivimos la Navidad sufre una especie de contaminación comercial, que corre el peligro de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad y una alegría no exterior sino íntima. Y si no reconocemos al Mesías entre nosotros, ¿qué celebramos en la Navidad? El testimonio de Juan es una llamada urgente a revisar nuestra vida. Ignorar a Cristo es ignorar lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nuestra salvación.

Vicente Martín, OSA