Agustinos
Homilía

Homilía

Domingo II del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(18 de enero de 2026)

Ya estamos, de nuevo, en el tiempo ordinario y las lecturas giran en torno a San Juan Bautista y a su presentación de Jesús. Nos invitan a reconocer a Jesús como el Cordero de Dios y a descubrir nuestra vocación como testigos de la luz.

Quisiera resaltar tres expresiones que nos pueden ayudar a meditar la palabra de este domingo.

Yo no lo conocía

En nuestra vida a veces nos pasa como a Juan Bautista que nos pasamos esperando un acontecimiento, que esperamos una señal, un algo novedoso y no nos damos cuenta que ya está entre nosotros.

Juan Bautista nos cuenta el momento luminoso en que experimenta quién es Jesús, quién es aquel hombre de unos treinta años que se ha acercado para ser bautizado. Repite dos veces, como sorprendido por la revelación, yo no lo conocía. El bautismo de Jesús le ha abierto los ojos y ha marcado el sentido de toda su llamada a la conversión. Desde ahora su misión será la de presentar a Jesús; de ahí que afirme “yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.

Nosotros, como decía al principio, lo tenemos delante, pero no lo conocemos o lo ignoramos porque estamos embebidos en mil cosas que no nos dejan verle. Juan en cuanto recibe la señal de lo alto dará fiel testimonio de que Jesús es el Cordero de Dios. Nuestra misión, también, será la de presentar a Jesús como el Hijo de Dios, como el Dios encarnado.

Este es el cordero de Dios

Juan señala a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y de nuevo, al día siguiente, le dice a sus discípulos que Jesús es el Cordero de Dios cuando lo ve pasar, con la intención de dejarles claro a quien tienen que seguir.

Para los judíos, dice el padre Gafo, la expresión Cordero de Dios estaba cargada de sentido. El pueblo de Israel había nacido en aquella primera cena pascual en Egipto, en que habían comido juntos un cordero, salpi­cando con su sangre la puerta de sus casas. Año tras año se volvían a reunir para conmemorar juntos aquella primera cena pascual de li­beración de la esclavitud. Quizás no fue mera casualidad que Jesús, según S. Juan, muriera en la cruz a las tres de la tarde, hora en que los corderos de la Pascua eran degollados en el templo en medio de un río de sangre.

Por eso, Juan quiere que nosotros, los discípulos de Cristo, veamos a Jesús como al Cordero degollado, el Cordero de Dios que, con su muerte, quitó el pecado del mundo y nos introduce en la salvación.

No cabe duda que la expresión Cordero de Dios está llena de connotaciones. Para nosotros la expresión es una de las más antiguas y familiares que usamos en la eucaristía. Es la formula con la que el sacerdote presenta a Jesús a la asamblea antes de la comunión. Y es uno de los títulos más antiguos para denominar a Jesús y que enraíza con toda la historia del A.T.

Jesús se presenta como manso y humilde y obediente a la voluntad del Padre. Sería bueno que nosotros nos preguntásemos sobre nuestra manera de actuar y de vivir.

Lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios

Finalmente, Juan insiste en que él lo ha visto y por eso quiere dar testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios.

Cuando vemos algo que nos llama la atención se queda grabado en el alma. Juan evangelista siempre recordará la hora del encuentro con Cristo. Hoy el Bautista insistirá que él ha visto al Hijo de Dios en el Jordán y por eso nos lo presenta, y nos habla de un Dios que se ha encarnado y que todavía nos ama porque estamos vivos y porque podemos cambiar. Todos podemos aportar nuestro pequeño testimonio de haber conocido a Jesús. Recuerdo haber leído que cuando santa Teresa se entera de lo que supuso para la Iglesia la reforma protestante no protesta ni condena a nadie, comenta sencillamente “determine hacer eso poquito que yo puedo y es en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo”.

Ese poquito es necesario pues si los cristianos no somos testigos, el Dios de Jesucristo permanece oculto e inaccesible a la sociedad.

El Papa Francisco insistía en que: “Ser cristiano, en primer lugar, es dar testimonio de Jesús. Lo primero de todo. Y esto es lo que hicieron los Apóstoles: los apóstoles daban testimonio de Jesús, y por esto el cristianismo se ha extendido por todo el mundo”. Ahora nos toca a nosotros hablar de Jesús; por eso el profeta Isaías en la primera lectura habla de que Dios nos hace luz de las naciones, para que su salvación alcance hasta el confín de la tierra. Esa fue la vocación del “siervo de Yahveh”, esa fue la vocación de Cristo, esa debe ser la vocación de cada uno de los cristianos. No podemos encerrarnos ni en nosotros mismos, ni en nuestro propio barrio, ciudad o nación; nuestra vocación es universal, católica, como fue la vocación del siervo de Yahveh. Porque el pecado del mundo nos supera y nos trasciende, está en cualquier lugar del mundo donde un ser humano sufre el pecado del desamor. Si actuamos así, también Dios podrá decirnos a nosotros que somos sus siervos, de los que Él se siente orgulloso y que hemos hecho lo que teníamos que hacer.

Y termino, con los mismos deseos de san Pablo a los corintios, deseándoles que la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo estén siempre con nosotros.

Rafael