Agustinos
Homilía

Homilía

Domingo XXII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(30 de agosto de 2026)

(Jr 20,7-9; Rm 12,1-12; Mt 16,21-27)

El evangelio de Mateo, a partir del texto que hoy escuchamos, adquiere un tono distinto al que hemos oído hasta ahora. Jesús ha dedicado mucho tiempo a hablar a las multitudes, a hacer milagros y a discutir con escribas y fariseos. A partir de este capítulo, dedicará el tiempo fundamentalmente a la formación de los apóstoles, y comienza a explicarles qué significa ser realmente Mesías y discípulo.

Comienza diciendo que tiene que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas; que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro, quien había reconocido a Jesús como el Mesías – ¡cuánto le quedaba por aprender! -, está en total desacuerdo con el Señor. A Pedro la cruz le resulta desagradable y escandalosa. Lo lleva aparte y, dejándose llevar por sus impulsos, le increpa: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Pedro, como antes Satanás, trata de impedir que Jesús afronte la misión de salvar al mundo que el Padre le ha encomendado y que Él ha asumido libremente.

Jesús le dice a Pedro que es un obstáculo, que piensa como los seres humanos y no como Dios; por eso le ordena que se ponga detrás de Él, que tome el lugar que le corresponde como discípulo y le siga por la senda que le va marcando.

Pedro representa a tantos cristianos que no comprenden a Jesús y buscan cualquier pretexto para evadir la cruz en su vida. Seguirle significa una adhesión interior del discípulo a Jesús. Aceptarlo nos compromete a plantearnos seriamente nuestra vida cristiana.

Tras las duras palabras a Pedro, Jesús añade inmediatamente una invitación provocativa e interpelante: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga» (v. 24). O lo que es lo mismo: el que quiera ser discípulo de Jesús siga sus criterios; gaste su vida por el hermano hasta entregarla si fuera necesario; acepte el rechazo de quienes se oponen a Cristo; soporte las dificultades por causa del Reino; deje de vivir para sí; intente imitar al máximo su vida; acepte su Palabra; sea su testigo haciendo suyos los sentimientos y actitudes de Jesús.

¿Hemos escuchado esta invitación? ¿Estamos dispuestos a responder y seguirle? En la vida ordinaria – en el deporte, en unas oposiciones, en la elección de una carrera o estado de vida, en una operación – si queremos ganar, tenemos que arriesgar. ¿Estamos dispuestos a arriesgar, a jugárnoslo todo por el Reino de Dios?

Ser seguidor, discípulo de Jesús, supone vivir en un constante proceso de renovación y crecimiento espiritual. Si no nos renovamos a la luz de la Palabra de Dios y de la gracia, viviremos en una pura apariencia y en continuo engaño; cuidaremos la fachada, pero Cristo no será nuestro Señor.

Fijaos: cuidar solamente la fachada de nuestra vida espiritual genera mucho fanatismo e intransigencia. Y cuántas veces creemos, como Pedro, que la razón es nuestra, que nuestra manera de vivir el cristianismo es la acertada. Queremos el consuelo; amamos al Señor cuando todo nos va bien, cuando no tenemos problemas o dificultades. Tal vez le digamos: «Señor, te doy gracias por todo lo que me has dado. Te bendigo por mis negocios, por mi familia… pero déjame como estoy».

Se nos hace difícil, como a Pedro, caminar hacia Jerusalén. Ya nos dice el evangelista que seguir a Jesús no es cómodo. Y con frecuencia nos engañamos. Nos encantan, por ejemplo, las misas con mucho canto, con mucho incienso. «¡Qué misa más bonita!», se suele oír. Eso es lo que nosotros queremos, pero ¿es lo que quiere Dios? ¿Le reconocemos también en el dolor, en la pérdida o en la inseguridad?

Ojalá que todos los días podamos decir: «Sí, Señor, voy detrás de ti». Ojalá que también al final de nuestra vida podamos decir: «Señor, lo he perdido todo por ganarte y por tenerte a ti».

Si intentamos vivir las exigencias de Jesús, será el Señor – no nosotros – quien nos dé las fuerzas que necesitamos y quien cambie nuestra vida y nuestra orientación. Debemos examinarnos y ver si verdaderamente anhelamos a Dios más que a la misma vida, y si Él es nuestro mayor tesoro.

Cristo se ha quedado con nosotros en la Eucaristía para ayudarnos, consolarnos y fortificarnos, para que no desfallezcamos en nuestro camino de conversión y santificación. Acudamos a Él.

                                                                  Vicente Martín, OSA