Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
(11 de octubre de 2026)
(Is 25,6-10a; Sal 22; Flp 4,12-14.19-20; Mt 22,1-14)
La Palabra de Dios no es para distraernos pensando en el comportamiento de quienes nos han precedido, sino para que la reflexionemos y la hagamos realidad en la vida de cada uno.
Cambiando un poco el texto bíblico – no su contenido -, si Jesús nos hubiera predicado hoy la parábola que hemos escuchado, podría habernos dicho algo así: que el “amor de Dios hacia cada uno de nosotros es tan grande que ese amor termina siendo una fiesta: porque levanta, reúne, sana, perdona y hace que la vida se llene de alegría compartida”. Todos estamos invitados a esa fiesta; nadie puede sentirse fuera. Dios nos llama a todos a estar dentro. ¿Somos conscientes de esta invitación? ¿La aceptamos o tenemos cosas que consideramos más urgentes e importantes que Dios?
La invitación está hecha, la fiesta está preparada. Pero vemos que algunos están ocupados en sus negocios, en sus intereses, “en sus fiestas”, pero a su manera. Y cuando la invitación de Dios no tiene respuesta, Dios no se rinde: si unos no quieren venir, la dirige a otros. Lo estamos viendo con el tema de las vocaciones y de los sacerdotes: hoy muchas parroquias son servidas por sacerdotes de América, de África… Lo mismo ocurre con las vocaciones religiosas.
Dios invita a todos, nadie está excluido. Pero no basta con entrar en la fiesta: hay que entrar con el traje de boda; un traje que no es ropa, sino la limpieza del corazón. No se trata solo de entrar, sino de dejarse transformar por el Señor. Dicho de otra manera: vivir de acuerdo con el Evangelio, con humildad y mansedumbre, según sus valores; dejar que Dios entre en nosotros, nos transforme y nos haga seres nuevos.
La Palabra de Dios la hemos escuchado dentro de la Eucaristía. Y el Señor nos dice: Estáis invitados. Todos. Sin excepción. Pero no la convirtáis en un rito, en una costumbre o en una obligación. Dejad que la Eucaristía os cambie por dentro: que os quite las prisas, la indiferencia, el “ya lo haré mañana”; que nos vista de fe, de esperanza y de amor concreto.
Porque la fiesta, la boda del Reino, es la vida vivida con Dios: ahora, hoy, en lo pequeño. Y mi Padre quiere veros dentro, sentados, celebrando, viviendo.
Dios nos invita a su fiesta; no la dejemos pasar y dejemos que Él nos transforme.
Vicente Martín, OSA
