Homilía

Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

(23 de enero de 2022)

                                                                                                          

(Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

Leyeron el libro de la Ley, explicando su sentido. (Neh 8, 2-4a. 5-6. 8-10); Tus palabras, Señor, son espíritu y vida. (Sal 18); Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro. (1 Cor 12, 12-30); Hoy se ha cumplido esta Escritura. (Lc 1, 1-4; 4, 14-21)

La primera lectura, situada tras el exilio, nos expone la proclamación de la Ley (la Palabra de Dios) ante la asamblea, seguida de una explicación. Aparte de su significación histórica, introduce en el tema del uso de la Palabra de Dios en las sinagogas en tiempo de Cristo. Por su parte, el evangelio presenta a Cristo en la sinagoga de su pueblo realizando una lectura y explicación de la Palabra de Dios, la Ley de los judíos. 

La sinagoga era entonces el centro de oración y formación religiosa del judío, gracias a la cual ha conservado su religión e identidad como pueblo; rara era la localidad que carecía de una. Solamente en Jerusalén y alrededores podían acceder al Templo con cierta asiduidad. Sin el carácter sacrificial del culto del Templo, el de la sinagoga giraba en torno a tres elementos: la lectura de la Biblia, la predicación y la plegaria. Se reunían los sábados y fiestas principales. Comenzaban con unas plegarias, la profesión de fe y las bendiciones; luego, la lectura de un pasaje de la Torah y otro de “los profetas”. Una vez leído, se traducía al arameo, tras lo cual tocaba la exhortación, prédica u homilía, siempre sobre el texto proclamado. Estos actos de culto los ejercían los miembros de la comunidad judía y, por eso, también Jesús intervino leyendo y explicando. Cualquier varón podía. Por ello, la escena no es nada extraña.

La novedad es lo que dice Jesús. Lucas coloca el pasaje como pórtico y presentación de su actividad pública. Quizá Jesús eligió el texto a posta, porque habla del siervo de Yahveh que viene con poder para anunciar el año de gracia, originalmente referido a la liberación de Babilonia, pero que él se aplica a sí mismo, declarando abierta en su persona una época de salvación. Jesús se pone a sí mismo como el receptor de la unción con el Espíritu (referencia al Bautismo) que le capacita para anunciar la buena nueva: liberación de los oprimidos. No extraña que la gente se quede con los “ojos clavados en él”, tal debió ser la unción con la que leyó. Se produciría un silencio. Jesús arrancó diciendo: “hoy se ha cumplido el pasaje que acabáis de escuchar”. ¡Casi nada!

Los rabinos entendían el pasaje de Isaías como referido al profeta mismo, no al Mesías. Por eso es más rompedor el cambio de interpretación de Jesús. ¡Con él, por él, queda cumplido el tiempo de gracia! No es extraño que la reacción del auditorio pasara del asombro y la alegría inicial al cuestionamiento y, finalmente, al rechazo al contrastar lo dicho con el sabido humilde origen de quien lo afirma. Preguntémonos si no nos hubiera ocurrido a nosotros lo mismo, con nuestros esquemas mentales muchas veces conservadores, poco abiertos a nuevos mensajes que reten nuestras ideas preconcebidas.

Y así sus paisanos, “Oyeron lo que debieron oír, pero no hicieron lo que debieron hacer.” (San Agustín, Sermón 134, 3). Cristo ofrece liberación, ellos no se ven esclavos. ¿Liberación! ¡Y menos aún del hijo del carpintero! Reaccionaron como tal vez lo hubiéramos hecho nosotros. ¡Liberarme a mí! ¿De qué? ¿Siento necesidad de ser liberado de algo? ¿Acaso soy esclavo? ¿Cómo hubiéramos percibido nosotros esta proclamación de Cristo?

Meditemos la Palabra. “La verdad os hará libres… todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8, 32-34). ¡Qué difícil es tener hoy esta conciencia! En nuestra sociedad del bienestar físico y emocional presumimos de buena vida y despreciamos al mísero. Proyectamos una imagen de personas dichosas y autosuficientes. ¡De qué nos van a tener que liberar! En las redes sociales abundan el postureo y la apariencia de un mundo perfecto, inmaculado. ¡Y si algo hay que arreglar (sin duda habrá), nos bastamos nosotros, o proveerá el Estado o alguien! Estamos muy seguros de nosotros mismos. Así es difícil percibir la proclamación de Cristo como buena noticia. Una Iglesia cuyos cristianos que no ven a Cristo como liberador tampoco se proyecta como portadora de la buena noticia que es Cristo.

Quizá ignoramos nuestra propia indigencia. Y eso afecta al conjunto, pues somos miembros del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. ¡Otra verdad aligerada y, en ocasiones, tergiversada en la conciencia creyente! Nuestra pertenencia tendemos a asimilarla a la de los elementos de un grupo homogéneo; casi lo contrario de la idea de la segunda lectura. En nuestras sociedades, buscando la eficiencia, se estandarizan los procesos y los colectivos; parecemos un número para las administraciones y las empresas: nos reducen a perfiles manejables con algoritmos. Nos venden la personalización cuando nos dan un trato estándar, nada auténticamente personal. Para el big data somos uno más, no importa uno menos, da igual uno u otro. En cambio, san Pablo piensa más bien en los órganos de un cuerpo, distintos y complementarios; cada uno afecta al conjunto. La diferencia entre ambos conceptos se puede ver en la estructura de una familia: abuelos, padres, hijos mayores y pequeños, la mascota… No son intercambiables; cada uno es como una clase o especie en sí mismo. La madre no solo es distinta a la hija, es otro tipo de persona. El abuelo o el nieto no es uno más, es otra categoría. Si quitas a uno de la familia, no es que sean 5 en vez de 6; es ya “otra” familia, se modifica toda la estructura, se recolocan todas las piezas y cambia cada una. Unidad de los distintos e irremplazables.

Así es también la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Él es la cabeza, nosotros sus miembros. No hay dos iguales. Es erróneo pensar que las únicas diferencias son los dones sacramentalmente otorgados: orden sacerdotal, consagrados y resto de laicos; y en cada grupo todos iguales. ¡Qué distinta la idea paulina! Veamos a la Iglesia como una familia de la que somos miembros, unos pendientes de los otros como partes esenciales. No pasemos los unos de los otros, sino todo lo contrario: “Sino todo lo contrario, los miembros que parecen más débiles son necesarios”. ¿Quiénes son más débiles en la Iglesia? ¿Quiénes necesitan más de los otros miembros? Sin duda, nadie es autosuficiente, pero los pobres, pecadores, angustiados, enfermos, alejados, confundidos, solos, abandonados… son los miembros que más ayuda necesitan y ansían la liberación. La Buena Noticia hemos de llevársela nosotros, ayudándoles, sabiendo que, al hacerlo, nos ayudamos a nosotros mismos, pues son miembros del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, de la que formamos parte. Que la Eucaristía refuerce nuestra conciencia de Iglesia, Cuerpo de Cristo, que cuida de sus miembros más necesitados haciéndoles experimentar la llegada de la salvación de Dios. Pongamos cada uno nuestros propios dones al servicio del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.