Homilía

Domingo III del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

(24 de enero 2021)

Jon 3, 1-5. 10; 1 Cor 7, 29-31; Mt 1, 14-20

Ponte en marcha… Les anunciarás el mensaje que yo te diré (Jon 3, 2). Está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,15)

En estos primeros domingos del tiempo litúrgico llamado “Ordinario” y que se interrumpirán con el comienzo de la Cuaresma, proclamamos en las lecturas evangélicas el ministerio público de Jesús, tanto en su enseñanza como en sus obras. Es un buen tiempo para darnos cuenta y meditar en los grandes contenidos de la fe cristiana, que se nos hacen presentes, precisamente, en las palabras y en las obras de Jesús.   

Pero Jesús no quiere ser él solo el portador de la buena noticia, quiere necesitar, desde el primer momento, de colaboradores en esas tareas. Ya en el Antiguo Testamento, Dios se servía de alguien para anunciar sus palabras. Ahí está hoy el profeta Jonás, al que se dirige el Señor es estos términos: Ponte en marcha… (les anunciarás a los habitantes de Nínive): lo que yo te comunicaré (Jon 3,2). No va a ser un discurso cualquiera, no; son sus propias palabras. Se trata de una palabra divina, que advierte a los ninivitas que su conducta es mala y deben arrepentirse. Tan profundamente caló aquella palabra que el cambio fue radical.

También Jesús en el pasaje evangélico comienza su ministerio llamando a los primeros discípulos. Venid en pos de mí, proponiéndoles una misión: os haré pescadores de hombres (Mc 1,17). Se trata de la misma propuesta que Dios hace por diversas mediaciones a todo hombre y casi siempre muy calladamente. La vida misma es ya una llamada de Dios a la existencia, que se concreta en una determinada vocación al servicio para todas y cada una de las personas. Dios llama. Dios, con voz muy queda, nos llama siempre para una misión. ¿Cuál es nuestra respuesta? Pregunta esta que jamás deberá causarnos angustia alguna. Desde una oración confiada encontraremos siempre la respuesta, sin duda alguna.

La respuesta de Jonás en la primera lectura fue inmediata: Se puso en marcha… siguiendo la orden del Señor (Jon, 3, 3). Es una actitud que revela la escucha y disponibilidad del verdadero creyente de todos los tiempos. Igual que los primeros discípulos, con los que nos encontramos en el pasaje evangélico de hoy; la propuesta de Jesús tuvo una respuesta sorprendente en aquellos pescadores: Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron (Mc, 1,18). Éste es el ejemplo y modelo de la respuesta vocacional de todo aquel que quiera ser discípulo de Jesucristo. Como ellos, también nosotros somos llamados a anunciar y vivir con obras y palabras el mismo mensaje del Señor. Antes de iniciar la misión es imprescindible hacer muy nuestra la consigna de Jesús: Convertíos y creed en el Evangelio (Mc. 1, 15).

“Convertíos”. La proclamación de la Palabra que Dios dirige a todos los hombres y mujeres contrasta, no pocas veces, con nuestras actitudes humanas; y es que, al iluminar nuestro obrar diario, descubrimos la distancia entre la realidad de nuestro proceder humano y el ideal de la propuesta divina. Por lo mismo, nos damos cuenta de que el Reinado de Dios puede estar exigiendo conversión, es decir, un cambio radical del propio comportamiento y ser criatura nueva, llevar una vida según la voluntad de Dios y dar en abundancia frutos de buenas obras, como se lo hemos pedido en la oración inicial.

“Creed”. La fe es la condición básica para quien quiere seguir a Jesucristo, una fe que conlleva la confianza, es decir, a un fiarse de Dios en medio de posibles dificultades u oscuridades que nos puedan asaltar en cualquier momento, a pesar de que hayas comenzado con toda la ilusión del mundo. Mira lo que te dice san Agustín, porque probablemente lo pudo experimentar él mismo: “Si sigues el camino de Cristo, no esperes prosperidad mundana. Él anduvo por caminos ásperos, pero prometió grandes bienes. Síguelo. No mires sólo por dónde has de ir, sino adónde has de llegar. Tolerarás las asperezas temporales, pero llegarás a las alegrías eternas. Si quieres soportar la fatiga pon tu mirada en la recompensa… Pasada la fatiga, llegará el reino eterno, llegará la felicidad sin límite” (Comentario al Salmo 36, 2, 16).

Una fe firme que se mantiene en medio de las dificultades es la que nos ha de llevar a hacer de nuestra vida un servicio para los demás, sea cual sea el trabajo del que cada uno de nosotros vivimos. Así vivió el apóstol san Pablo, al que mañana recordaremos en la celebración de su Conversión; aquel día en que, de perseguidor de cristianos, al escuchar aquella voz que le decía: ¿Saulo, Saulo, por qué me persigues? Y al preguntar éste, a su vez, ¿quién eres, Señor?, al escuchar: Soy Jesús a quien tú persigues (Hch 9, 4-5), su vida dio un vuelco total, transformándose en el gran apóstol de Jesús. Leed en los Hechos de los Apóstoles y en sus Cartas lo que fue y lo que hizo este gran Apóstol de Cristo. Así lo viven también los misioneros de todas las épocas y lugares, que con el testimonio de su palabra y de su vida, anuncian el evangelio de Dios en medio de mil y una dificultades.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía, como rezábamos a continuación de la primera lectura:

Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en sus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador… Él hace caminar a los humildes  con rectitud, enseña su camino a los humildes (Salmo 24).  

Teófilo Viñas, OSA