Homilía

Domingo I de Adviento (Ciclo C)

(28 de noviembre de 2021)

(Jer 33,14-16; Sal 24; 1Tes 3,12-4,2; Lc 21,25-28-34-36)

Con el Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico. La Palabra de Dios nos sirve como preparación navideña y como carta de navegación cristiana para el año que va a comenzar. El texto evangélico de san Lucas, lo mismo que la lectura de Jeremías, vienen envueltos en un lenguaje oscuro, como lo es el lenguaje apocalíptico, cuya verdad hay que buscar más que en el lenguaje en la esperanza y salvación que trasluce y sugiere. S. Lucas con este lenguaje probablemente deja entrever la situación de inseguridad y miedo que vivían las primeras comunidades al sentirse perseguidas, al tiempo que es fácil suponer que son recomendaciones que mutuamente se hacían recordando las palabras de Jesús.

También hoy nos movemos entre la inseguridad y el miedo. Nos encontramos con la pandemia, los terremotos y volcanes, las desigualdades, la corrupción por doquier; por otro lado, nos vemos en minoría como cristianos, la Iglesia hoy no cuenta, los muchos escándalos de sacerdotes y tantos otros problemas que nos rodean, nos dejan una sensación como si Dios nos hubiera abandonado.  

Pero el evangelista no escribe para meternos miedo ni para hablarnos del fin del mundo, —el Evangelio no es un libro de ciencia—, escribe para iluminar la situación que estamos viviendo y para que no nos dejemos engañar (v.21, 8). Las palabras evangélicas son un grito dirigido a cada uno de nosotros en los momentos de ofuscamiento: Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (v.28), ¡Dios siempre llega! Viene cuando menos lo esperemos.

El sufrimiento está presente en la vida de todos, lo que nos distingue es la actitud ante ese mismo sufrimiento. En tales situaciones es muy humana la tentación a desentendernos de todo, a mandar todo a paseo y refugiarnos en la comodidad y en todo aquello que nos halaga y satisface. No podemos soñar con un cristianismo de rosas cuando la vida de Cristo estuvo cargada de espinas.

Ante tales situaciones, el evangelista nos marca como primera actitud la vigilancia. Vigilar supone tener los ojos bien abiertos en medio de la noche. El que vigila está en pie, a la expectativa de lo sorprendente, de la sorprendente venida del Señor. Para un cristiano, vigilar supone fijarse en los signos de los tiempos y saber responder en cada momento a las exigencias concretas del evangelio. Vigilar supone perseverar en una fe activa y desterrar las actitudes pesimistas al creer que las cosas no pueden cambiar. Vigilar supone romper con todo aquello que no nos permitiría “mantenernos de pie” ante Jesucristo. Vivir con el susto en el cuerpo y con miedo supone no tener esperanza. Vivir con esperanza, supone evitar el desperdicio de los dones que Dios nos ha dado y las preocupaciones excesivas por las cosas de la vida.

Vigilar positivamente supone también orar para poder estar en pie (postura del vencedor) ante el Hijo del Hombre. Orar es una llamada para prepararnos y para permanecer preparados, porque nuestra redención se acerca (v. 28).

La liturgia de este Domingo primero de Adviento nos reitera la promesa de un nuevo tiempo que Dios dará a sus hijos. Es un tiempo de liberación. Esa certeza nos da ánimo, nos pone en pie y nos fortalece para permanecer firmes en la vocación en la que hemos sido llamados. Si el evangelio de hoy nos lo tomáramos en serio como preparación para la Navidad, incluso como decía al principio, como carta de navegación para el año que comenzamos, ¿en qué situación nos encontraríamos como hijos de Dios al final del mismo?… Ánimo, caminemos, la redención está cerca. ¡Miremos hacia arriba!

Vicente Martín. OSA