Homilía

Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(12 de julio de 2020)

(Is 55, 10-11; Rom 8, 18-23; Mt 13,3)

La palabra… cumplirá mi deseo (Is 55, 11). Salió el sembrador a sembrar (Mt 13, 3).

En la parábola que acabamos de escuchar hay tres realidades que atraen nuestra atención: el sembrador, la semilla y el terreno en que cae. El sembrador es Dios; la semilla, su Palabra; el terreno es la mente y el corazón del hombre. La explicación y aplicación la encontramos al final de la parábola. Todo es tan claro que casi podríamos acabar aquí con sólo añadir la advertencia que Jesús hace otras veces: el que tenga oídos para oír que escuche (Lc 8,8). En efecto, nada más habría que mirar cada uno hacia dentro de sí mismo, preguntarse: ¿qué clase de terreno soy? Y a continuación actuar en consecuencia.

Seguro que Jesús, a solas, con sus discípulos, les añadiría algo más, ya que se trataba de prepararlos bien para la tarea que ellos tenían que continuar. Les diría que la parábola del sembrador nos ayuda a entender, en primer lugar, que somos una tierra que necesita ser sembrada ya que sin la semilla que nos viene de arriba, seríamos incapaces de dar frutos de salvación. De esta convicción debería nacer un deseo de apertura a Dios y a los hermanos. No somos autosuficientes; el Creador nos ha diseñado como un nudo de relaciones personales: lo necesitamos a Él y nos necesitamos unos a otros. Y es que, aunque Dios es el sembrador primero y el más importante, ha querido que nosotros seamos mutuamente colaboradores en esa misma tarea.

La palabra no volverá a mí vacía… sino que cumplirá mi deseo (Is 5,11), dice el Señor por el profeta Isaías. Doble responsabilidad para nosotros, llamados a producir fruto abundante en el campo propio y en ese otro campo más allá de nosotros, que nos ha encomendado, porque nos ha hecho colaboradores suyos. Y ahí están los tres enemigos, el demonio, el mundo y la carne, con los que hemos de enfrentarnos en esa doble tarea que se nos encomienda. En la lucha contra ellos contamos con la ayuda del Señor, pero a nosotros nos corresponde vigilar para que no impidan que la Palabra produzca sus frutos. Jesús mismo apunta los obstáculos que pueden impedirlos: los espinos que la ahogan, la tierra endurecida, el sol que la agostó, los pájaros que se la comieron y el Maligno que siempre anda por medio. No, no es difícil darse cuenta de lo que denuncian estas imágenes.

Sabemos que la Palabra que hoy nos dirige Dios es, a la vez don y responsabilidad. regalo y compromiso. La Palabra de por sí es eficaz, pero necesita preparar y cuidar bien el terreno. Ella sola no actúa milagrosamente; Dios respeta la libertad de la persona y cada uno debe poner de su parte una actitud de acogida y de asimilación. “Dios que te creó sin ti (sin tu colaboración), no te salvará sin ti (sin tu esfuerzo)”, dice san Agustín (Sermón 160, 13). El Santo Obispo de Hipona añade en otro lugar que toda obra buena es una obra a medias entre Dios y nosotros. Y lo primero que hemos de hacer es poner todos los medios para que las voces y los afanes de este mundo no impidan que la semilla de la Palabra de Dios venga a producir sus mejores frutos.

Durante los tres próximos domingos la liturgia nos ofrecerá otras parábolas sobre la vida cristiana que san Mateo ha recogido en el capítulo 13 de su evangelio; al final de la última Jesús hará esta pregunta a los Apóstoles: ¿Habéis entendido todo esto? (a la que) Ellos responden: Sí (Mt 13, 51). Es claro que en el de la respuesta iba incluido el compromiso de llevar a la práctica la llamada que hacía la parábola. ¡Ojalá que podamos responder también nosotros con el mismo de los Apóstoles! Ello equivale a decir, que no sólo hemos comprendido, sino que aceptamos libremente ponerla en práctica. Es entonces cuando se cumplirá en nosotros una bienaventuranza que Jesús añade hoy a su lista: Bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen (Mt 13, 16).

Que el encuentro con el Señor en la Eucaristía de este Domingo fortalezca nuestro compromiso de emplearnos a fondo en el cultivo de nuestro campo personal y también, como colaboradores suyos, en la sembradura y en el cultivo de las pequeñas parcelas de sus inmensos campos (a comenzar por la nuestra), conscientes de que nos han sido confiadas, para que la semilla regalada germine y produzca fruto abundante.   

Teófilo Viñas, O.S.A.