Domingo XVI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
(19 de julio de 2026)
(Sb 12,13.16-19; Rm 8,26-27; Mt 13,24-43)
Jesús, como buen maestro, suele llegar a sus oyentes de una manera atrayente y sencilla, sirviéndose de parábolas, especialmente cuando habla del reino de Dios, reino que no debemos confundir con la Iglesia.
Hoy escuchamos tres parábolas. En la primera, Jesús compara el reino de los cielos con un campo sembrado de trigo. Advierte que, pese a la buena semilla, “mientras dormían” (v.25), el enemigo sembró la cizaña en su campo. El punto de inflexión de la parábola se encuentra en el versículo: “Dejadlos crecer juntos hasta la siega” (v.30). Lo lógico sería arrancar la cizaña bastante antes de la siega, como hacen nuestros labradores. Pero el amo actúa contra toda lógica: impide que los criados arranquen la cizaña y deja que crezcan juntos trigo y cizaña, bien y mal. El Señor tiene otra manera de ver las cosas y otra visión de la realidad.
Es interesante percatarnos de que Jesús explica la parábola a los mismos apóstoles que le fallarían en el momento crucial de su vida. Pedro le negó; Judas le vendió por unas monedas; y el resto de los apóstoles huyó cobardemente cuando más los podía haber necesitado. Si Jesucristo hubiera actuado con nuestros criterios de arrancar y destruir, estos hombres hoy no serían santos ni pilares de la Iglesia. ¿Qué hubiera pasado si, ante los pecados de Pablo de Tarso, de Agustín de Hipona, de Francisco de Asís, de Charles de Foucauld y de tantísimos hombres y mujeres de todos los tiempos, se hubiera usado la hoz porque la cizaña —es decir, el mal— prevalecía en sus vidas? «Dejadlos crecer juntos hasta la siega» (v.30). Dios espera, da tiempo al pecador para que se arrepienta y cambie hasta el último momento. Dios aguarda la salvación de todos.
Y Dios es fuerte, nos dice el libro de la Sabiduría, pero la fuerza de Dios se manifiesta en la paciencia, en la misericordia, en la espera de la conversión del pecador. Él es el modelo de cómo debemos actuar nosotros con los hermanos que nos rodean. Si Dios es misericordioso, nosotros estamos llamados a ser misericordiosos. Cuando perdonamos, acogemos, animamos, la vida humana se transforma, Dios actúa y el reino de Dios se hace visible.
El reino crece de forma humilde y silenciosa, como la semilla que cae en tierra, como el grano de mostaza que empieza también pequeño, o como la levadura que fermenta sin ruido. Dios trabaja en lo pequeño, en lo que no sale en titulares. El reino, más que entenderlo con la cabeza, hay que acogerlo con la vida y con el corazón. Por eso habla de venderlo todo por la perla encontrada, de ordenar los amores, de seguirle sin condiciones, de vivir la misericordia.
El mundo es mezcla de trigo y cizaña. Dios tolera el mal, no lo arranca antes de tiempo. Nosotros convivimos con el mal, pero Dios hará la separación final. Es una llamada a la paciencia y a no jugar a ser jueces.
La pedagogía de Dios es muy distinta a la nuestra: «Dejadlos crecer juntos hasta la siega». El Señor espera para apiadarse, aguarda para compadecerse. Si no fuera por la paciencia de Dios, ¿dónde estaríamos cada uno de nosotros? ¿Y si Dios hubiera actuado conmigo como yo actúo con todo aquel que me molesta? Dios tiene paciencia: no quiere el mal, lo permite. También nosotros tenemos que respetar la libertad de todas las personas, como Dios las tolera y permite. No somos los jueces de la humanidad para condenar a todo aquel que disienta de nuestras ideas o comportamientos. No podemos hacernos jueces y condenar la humanidad que nos rodea, pues en el proceso hacemos daño.
Mirándonos en el espejo de la parábola, ¿a quién me parezco más: a los siervos que quieren arrancar la cizaña antes de tiempo o al dueño que manda esperar hasta la siega?
Celebramos la Eucaristía, el misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo. Cristo, la Verdad, se deja azotar, crucificar, coronar de espinas, y prácticamente sus últimas palabras fueron: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
Vicente Martín, OSA
