Agustinos
Homilía

Homilía

Domingo XV del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(12 de julio de 2026)

El profeta nos recuerda que la palabra de Dios cuando se siembra nunca vuelve vacía.

La primera lectura, tomada del profeta Isaías, nos recuerda que la Palabra del Señor cumplirá su encargo y no volverá a Él vacía. Conviene, pues, pedirle al Señor que la lluvia y la nieve de su gracia que él manda desde el cielo a nuestras almas no vuelvan allá sino después de empaparnos, de fecundarnos con su semilla y de hacer a ésta germinar en nosotros y dar el ciento por uno, para que ni a nosotros, ni a nadie falte nunca el pan material y espiritual de cada día.

Todo esto debemos hacerlo día a día, minuto a minuto, aceptando el esfuerzo y el dolor que la vida siempre trae consigo. Porque, sin aceptar los dolores que la vida trae consigo, no puede haber ni nacimiento material y espiritual, ni crecimiento, ni vida fecunda y cristiana.

También nosotros esperamos un nuevo nacimiento

San Pablo, en esta su Carta a los Romanos, dice que la creación entera no fue un nacer de una vez para siempre, sino que es un continuo nacer y, consecuentemente, un continuo morir. Nacen y mueren las plantas, los animales, nacemos y morimos las personas; hasta las estrellas mueren unas y nacen otras. Y el nacer, como el morir, siempre es un dolor, un dolor de parto, o de ausencia.

San Pablo continúa diciéndonos que, después de la muerte y resurrección de Cristo, nosotros, los cristianos, poseemos ya las primicias del Espíritu y gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo. No es que aún no seamos hijos de Dios, sino que nuestro cuerpo, si no lo gobierna el Espíritu, no nos deja manifestarnos como tales. Esa es nuestra tarea mientras vivimos envueltos en este cuerpo mortal, cultivar la semilla y el grano del espíritu, para que pueda crecer y manifestarse en nosotros de tal modo que vivamos y nos manifestemos, también ante los demás, como auténticos hijos de Dios. Y esto no podremos hacerlo sin soportar cada día auténticos dolores de parto.

En el evangelio se nos recuerda que Jesús es el sembrador.

En el Evangelio de este domingo, Jesús se dirige a la multitud con la hermosa parábola del sembrador. La parábola refleja la experiencia misma de Jesús, de su predicación. Jesús es el sembrador, que esparce la buena semilla de la Palabra de Dios, esta Palabra tiene diversos resultados, según el tipo de acogida. Hay quien escucha superficialmente la Palabra, pero no la acoge; hay quien la acoge en un primer momento, pero no tiene constancia y lo pierde todo; hay quien queda abrumado por las preocupaciones y seducciones del mundo; y hay quien escucha de manera receptiva como la tierra buena: aquí la Palabra da fruto en abundancia.

El sembrador, Dios, ha depositado en el campo de nuestra alma la semilla de su palabra y de su gracia. Pero esta semilla necesita ser cultivada, labrada día a día, para poder después recoger la espiga granada y dorada por el sol. Esto no se hace sin verdaderos dolores de parto, como dice san Pablo, soportando el frío del invierno y el calor del verano, la lluvia intempestiva, los vientos huracanados y las amenazadoras tormentas. Y, a pesar de todos los esfuerzos del paciente y sacrificado labrador, unos granos caerán al borde del camino y se los comerán los pájaros, otros caerán en terreno pedregoso y se secarán pronto por falta de raíz, otros caerán entre zarzas que los aprisionan y los ahogan.

Gracias a Dios que algunos caen en tierra buena y producen el ciento, o el sesenta, o el treinta por uno. Así es la vida de cada uno de nosotros. Somos tierra en la que el Señor ha plantado la semilla de su palabra. Pero de nosotros depende el que sepamos comportarnos como tierra generosa y fecunda que da el ciento por uno, porque la cultivamos y la labramos con esfuerzo y con amor, o como tierra reseca e impermeable a las inspiraciones de Dios, o como piedras insensibles ante el dolor humano, o como zarzas enmarañadas y agresivas que ahogan cuanto cae entre sus asfixiantes brazos.

Confiamos en que la energía transformadora del evangelio siga trabajando a la humanidad. Confiamos en que la sed de justicia y de amor sigan creciendo; y creamos que la siembra de Jesús no terminará en fracaso. A nosotros lo que se nos pide es acoger la semilla. Dar la vuelta a nuestra vida como una dura y difícil tierra que es preciso remover para que reciba y haga fructificar la siembra de Dios y confiar.

Rafael