Domingo VI del Tiempo Ordinario (Ciclo A)
(15 de febrero de 2026)
Queridos hermanos, el Señor en este sexto domingo nos invita, a través de la liturgia de la Palabra, a abrirnos al mensaje de Dios que va más allá de toda ley humana; un mensaje que nos catapulta hacia la plenitud de nuestra vida, de nuestro ser, que solamente alcanzamos si nos mantenemos unidos a Cristo y hacemos vida en nosotros sus enseñanzas.
Hoy en día sigue vigente en nuestro mundo una problemática que ha estado presente desde que el hombre comenzó a organizarse en pequeñas ciudades y pueblos cuando ha establecido leyes para ordenar la vida de todos los que habitan en ese poblado, y es el hecho de quejarse continuamente de las normas y de las leyes, de la forma en la que las leyes nos oprimen y nos impiden desarrollar nuestra libertad, una libertad que muchas veces consideramos que nadie puede quitarnos o ponernos límites. Esto trae como consecuencia que el ser humano se muestre un poco escéptico ante el valor ético y moral que esto conlleva para todos, de tal manera que, cuando vemos que las leyes oprimen nuestra “libertad”, buscamos miles de justificaciones para no cumplir las leyes, lo cual nos lleva a la reflexión acerca de si vale o no la pena cumplir la ley. Vivimos en una sociedad moderna en la que consideramos que todo debe cambiarse, en la que no hay elementos estables, en la que todo se debe modificar y acomodar a nuestros gustos personales y nuestros caprichos. El resultado de este tipo de pensamientos es que se cae en un cumplimento vacío de la ley, pero en el fondo buscamos la manera de no cumplirla, pues no le encontramos ningún sentido, ni nada positivo que nos pueda aportar.
Jesús, en este domingo, nos lleva a descubrir cuál es el verdadero sentido de la ley, una ley que no debe ser esquivada, suavizada, o evitada, sino que debemos cumplirla fielmente. Jesús en el evangelio lo que nos muestra es que no ha venido a abolir la ley, sino a darle plenitud. No se trata de tener presente unos mínimos del cumplimento de la ley, o unos máximos, lo cual evita que lleguemos a comprender cuál es el verdadero sentido de la ley, sino de lo que se trata es de que la ley que el Señor nos ha propuesto, debemos cumplirla, pues vemos expresada en ellas la voluntad de Dios.
La propuesta de Jesús que conocemos con la nueva ley no pretende suprimir la vieja ley, sino de llevarla a su plenitud. Entre los primeros cristianos se hacía la pregunta sobre si tenían que cumplir todos los preceptos mosaicos o si estos habían sido abolidos por Jesús, pero nos encontramos con la realidad de que, si bien era necesario practicar obras buenas, a partir de todas las circunstancias que se iban dando en el pueblo se desarrollaron una cantidad enorme de casos y mandamientos que terminaron por asfixiar el espíritu de la ley prestando mucho más atención a los mínimos detalles; leyes y preceptos que, como les dice el Señor, cargan sobre el pueblo y ni ellos mismos pueden cumplir.
El Señor hoy nos muestra que las enseñanzas de la ley de los profetas no deben reducirse solamente a una serie larga de preceptos, sino que es necesario que cada uno las asuma en su interior, no como una obligación, sino como voluntad de Dios. Se trata de vivir con radicalidad la ley del Señor, no solamente con los actos externos, sino con el corazón. En pocas palabras, es llevar en el corazón la ley del Señor y hacerla vida en nosotros con autenticidad y con valentía.
Para poder hacer vida en nosotros las palabras de Jesús es importante considerar la enseñanza que nos deja el libro del Eclesiástico sobre el uso de la libertad: nosotros somos libres para poder hacer una cosa u otra, Dios siempre respetará nuestra libertad. Dios, queridos hermanos, ha puesto delante de nosotros el bien y el mal, la vida y la muerte, está en nosotros escoger qué camino queremos seguir. Elegir el bien, no es una obligación que el Señor nos ha impuesto, ya nos dice el Señor en la primera lectura, le darán lo que él escoja; elegir el bien es una respuesta libre y agradecida de cada uno de nosotros a aquel que sabemos que nos ama. Los mandamientos del Señor se convierten en vida y felicidad si el ser humano sabe usar la libertad. San Pablo, por su parte, en la carta a los Corintios nos recomienda a acoger la sabiduría que solamente viene de Dios para aceptar todo aquello que el Espíritu nos revela. Nos habla de una sabiduría escondida, que el mundo no conoce, que es la sabiduría de la cruz, la sabiduría del amor humilde y obediente de Cristo.
Hermanos, el Señor en este día nos llama a ser auténticos: no basta solo con aparentar bondad, sino que la hemos de vivir desde la verdad del evangelio; no basta con no saltarnos ni uno de los preceptos, por pequeños que sean, sino que debemos enseñarlos; no basta solo con no matar, sino que debemos evitar todo tipo de violencia; no basta con no buscar pleitos ni enfrentarse a los demás, sino que debemos buscar soluciones a los problemas; no basta con no jurar, sino que siempre debemos hablar sin mentiras y con transparencia; no basta con no cometer adulterio, sino que debemos purificar la mirada y las intenciones. Solamente así, hermanos, podemos construir una vida reconciliada, libre y fecunda, iluminada por la luz del Espíritu Santo. Se trata, hermanos de que, como cantábamos en el salmo, caminemos en la voluntad del Señor, que es quien nos enseña a cumplir sus leyes fielmente y guardarlas de todo corazón, no como un elemento opresor, sino como camino que nos lleva al encuentro con Él.
