Homilía

Pentecostés (Ciclo A)

(31 de mayo de 2020)

(Hch 2,1-11; 1Cor 12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23)

Sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va (Jn 3,8).

El Espíritu Santo es el Paráclito que Jesús envió desde el Padre, el auxiliador, el defensor, cuando ya Jesús no esté sensiblemente presente entre los suyos, aunque sí espiritualmente –e incluso de forma más perfecta– hasta el fin de los tiempos (Mt 28,20) por medio de su Espíritu. Así como el Padre y el Hijo tienen nombres que nos resultan familiares y fácilmente homologables con la experiencia humana, el Espíritu Santo resulta más difícil de identificar, a semejanza del viento, que sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu (Jn 3,8). Intentemos, pues, formarnos una idea de Él siguiendo el rastro de su acción en el mundo.

A lo largo de la historia del mundo (que es historia sagrada por estar referida a Dios), el Espíritu Santo está presente en la obra divina de la creación cuando, antes de la aparición de la luz, se cernía sobre la faz de las aguas (Gén 1,2). En virtud del Espíritu, todos los seres comienzan a existir y cobran vida: envías tu espíritu y los creas y repueblas la faz de la tierra (Sal 103/104,30); el espíritu del Señor llena la tierra, todo lo abarca y conoce cada sonido (Sab 1,7). El mismo hombre, después de haber sido modelado del polvo del suelo, se convierte en ser viviente porque Dios le insufló en su nariz aliento de vida [espíritu de vida] (Gén 2,7).

Viniendo a los tiempos históricos, el espíritu de Dios descansa sobre Moisés, a quien Dios puso al frente de su pueblo; una parte de su espíritu lo transfirió a los setenta ancianos que Dios le concedió como colaboradores para el gobierno del pueblo (Núm 11,17-25). El mismo espíritu asiste también a Josué, sucesor de Moisés (Núm 27,18), y a los jueces, a los que puntualmente convoca para acudir en auxilio del pueblo oprimido. Así, se apodera de Sansón (Jue 13,25), al que reviste de una fuerza proverbial para librar a Israel de los filisteos. También suscitó a Gedeón, un hombre corriente sorprendido en las labores de la cosecha (Jue 6,34.15), por medio del cual dio a Israel una sonada victoria sobre los amalecitas. Al ungir Samuel a David como rey de Israel, el espíritu del Señor vino sobre él desde aquel día en adelante (1Sam 16,13), llenándolo de sabiduría, piedad y prudencia, virtudes necesarias para un buen gobierno.

El espíritu de Dios reposa sobre los profetas, como Eliseo, que lo hereda del profeta Elías (2Sam 2,9), “de suerte que todo profeta, en general, es designado como hombre de espíritu (Os 9,7)” (S. de Ausejo, Diccionario de la Biblia, 612). Por medio de los profetas, el espíritu transmite al pueblo los avisos de Yavé  (Zac 7,12).

El espíritu de Dios descansará sobre el rey mesiánico dotándolo de sabiduría, fortaleza y temor del Señor por encima de las capacidades naturales (Is 11,1-6); y constituirá a su Siervo en mediador de la nueva alianza y luz de las naciones (Is 42, 1.6).

El espíritu del Señor traerá a la tierra la justicia y el derecho de forma que la comunidad y sus miembros lleven una vida santa conforme a los mandamientos de Yavé (Is 32,15-17; Ez 36,25-27). Mientras que la palabra y los mandamientos llegan desde fuera a la inteligencia del hombre, como revelación de la verdad divina; el espíritu de Dios se infiltra insensiblemente en el espíritu del hombre y lo transforma desde dentro (León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, 299).

Por medio del profeta Joel, el Señor promete a su pueblo la efusión de su espíritu sobre todo el pueblo, e incluso sobre los siervos y siervas, que profetizarán (Jl 3,1-2). Esta profecía se cumplió en Pentecostés (Hch 2,17-21).

Ya en el Nuevo Testamento, María concibió al Hijo del Altísimo por el poder del Espíritu Santo (Lc 1,31.35); por eso, desde el primer instante de su concepción, Jesús es el Hijo de Dios. Movida por el Espíritu Santo, Isabel profetizó bendiciendo a María por haber creído, y también al fruto de su vientre (Lc 1,42).

El Espíritu de Dios desciende sobre Jesús, en su bautismo, en forma de paloma, al tiempo que la voz del Padre lo proclama Hijo suyo y lo envía formalmente a cumplir su misión redentora (Mt 3,16-17).

A lo largo de su misión, Jesús actúa movido por el Espíritu (Lc 4,14): en su diálogo fluido e íntimo con el Padre (Lc 19,21-22), y en su enfrentamiento con el diablo que, en vano, intentó apartarlo de su camino (Lc 4,1-13). Por el Espíritu de Dios, Jesús expulsa a los demonios (Mt 12,28) y cura toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo (Mt 4,12). Sus milagros, la fuerza y la verdad de su palabra, su familiaridad inmediata con Dios son prueba de que, en Él, reposa el Espíritu del Señor (Is 61,1; Lc 4,18-19).

Al contrario que los hombres poseídos por el Espíritu, que se adueña de ellos, Jesús lo tiene como propio: el Espíritu de Dios es su Espíritu. De manera que “la ausencia en Jesús de las repercusiones habituales del Espíritu es un signo de su divinidad” (VTB, 301).

Antes de salir de este mundo, Jesús promete a los suyos otro defensor que esté siempre con ellos, el Espíritu de la verdad (Jn 14,16-17), que les enseñará todo, recordándoles lo que Él les ha dicho mientras estaba con ellos (Jn 14,26), y asistiéndolos para que den testimonio de Jesús (Jn 15,26-27), incluso ante los tribunales, sin necesidad de preparar su defensa (Mc 13,11).

En su muerte, Jesús entregó su espíritu en manos del Padre, que lo resucitó por el poder del Espíritu (1Pe 3,18; Rom 8,11), exaltándolo a su diestra, desde donde Jesús envió al Espíritu Santo (Hch 2,32-33) sobre los discípulos (unas ciento veinte personas) (Hch 1,15).

El Espíritu irrumpe sobre el grupo de creyentes como sonido estruendoso, viento impetuoso y fuego abrasador, que los impulsa a salir a las plazas a proclamar que Jesús resucitado es el Mesías esperado, acreditando su mensaje con señales portentosas realizadas en nombre de Jesús, como curaciones e incluso resurrecciones (Hch 9,36-43). Los apóstoles hablan con toda libertad y valentía, hasta el punto de alegrarse de haber sido azotados por las autoridades del pueblo por predicar a Jesús (Hch 5,40-41); y exponen –con una sabiduría que los jefes religiosos no pueden contradecir– que la única esperanza de salvación para los hombres se nos ofrece en Jesús (cf. Hch 2-5).

En Pentecostés se inicia propiamente la Iglesia, que es la comunidad de los creyentes en Cristo, que viven de su misma vida, que es vida en el Espíritu (Jn 3,5-6).

La experiencia del Espíritu se hace en la Iglesia, cuerpo de Cristo, que es su cabeza: Un solo cuerpo y un solo Espíritu… Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todos (Ef 4,4-6). En el Espíritu de Cristo, somos hijos de Dios (Rom 8,15-17) y miembros de pleno derecho de la familia de Dios.

La vida en el Espíritu es la experiencia de una presencia personal (Rom 8,11) –pues el Espíritu Santo es una persona divina–, que se manifiesta los carismas (dones que concede el Espíritu a las personas para el bien de la comunidad) y en las virtudes sobrenaturales de fe, esperanza y caridad, que certifican la presencia del Espíritu de Dios en nosotros, el cual testimonia que somos hijos de Dios (Rom 8,16), e intercede por nosotros (Rom 8,26).

¿Podemos saber de alguna forma que el Espíritu de Dios habita y obra en nosotros? Una señal inequívoca será si damos los frutos del Espíritu de Jesús, pues por sus frutos los conoceréis (Mt 7,16). Y los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, lealtad, modestia, dominio de sí (Gál 5,22-23). Mas, para dar los frutos del Espíritu, hemos de permanecer unidos a Cristo como el sarmiento a la vid (Jn 15,4). En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Jn 13,35).

Modesto García, OSA