Domingo V de Pascua (Ciclo A)
(3 de mayo de 2026)
La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, habla de las tensiones lingüísticas y culturales que había en la primitiva comunidad eclesial. Al mismo tiempo, muestra el poder de la Palabra de Dios y como la unidad de la Iglesia no tiene más fundamento que la Palabra de Dios, hecha carne en Cristo Jesús, Nuestro Señor. La lectura muestra que todos los signos externos de identidad, todas las estructuras, asociaciones o programas, por válidos o incluso esenciales que sean, existen en último término únicamente para sostener y favorecer una unidad en Cristo Jesús dentro de su Iglesia.
Para solucionar algunas de las tensiones existentes los apóstoles escogen a siete hombres de buena fama, llenos del espíritu de sabiduría, y les encargan la tarea de atender a los más necesitados. Estos siete primeros diáconos se dedicarán alas necesidades materiales de unas personas necesitadas de ayuda material. Los apóstoles seguirían dedicándose con exclusividad a la oración y a la predicación. En nuestra Iglesia de hoy también debemos saber conjugar estas tres cosas: oración, predicación y atención a los necesitados. Tan necesario es orar, como predicar, como atender a los necesitados. Una Iglesia que descuide alguno de estos tres deberes no puede ser verdadera Iglesia de Cristo. Y lo que decimos de la Iglesia, en general, debemos decirlo de cada cristiano en particular.
En la segunda lectura el Apóstol nos dice que Cristo, resucitado de entre los muertos, es la piedra angular de un gran templo que también ahora se está edificando en el Espíritu. Y nosotros, miembros de su cuerpo, nos hacemos por el Bautismo “piedras vivas” de ese templo, participando por la gracia en la vida de Dios.
El Espíritu, es el que da alma y vida al templo, es la piedra angular, pero también nosotros formamos parte de este templo siendo miembros vivos del cuerpo de Cristo. Todas las personas, sin distinción de raza, lengua, o nación, estamos llamados a formar parte del cuerpo de Cristo. Por Cristo, con él y en él, todos estamos llamados a ser piedras vivas del templo de su Espíritu.
El Evangelio de hoy nos sitúa al final de la última cena, los discípulos se dan cuenta, por lo que ven y oyen, que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. Las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertados y abatidos.
Viendo su desconcierto y su tristeza, Jesús trata de animarles y les dice::”Que no se turbe vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí”. No andéis preocupados pues “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí”. Es como decirnos que no nos olvidará y que va a prepararnos sitio en la casa del Padre para un día llevarnos con él.
Sabemos que para los judíos creer en Dios era ser fieles a Dios, hacer su voluntad. La fe en Dios es fidelidad a Dios y amor a Dios. Tengamos en cuenta que Cristo les pide a sus discípulos que crean en él y que no tengan miedo. Les dice esto inmediatamente después de haberles dicho que se va y que, durante algún tiempo, no le van a poder ver. Sin embargo, no va a dejarles huérfanos, ni abandonados. Se va, pero les deja su Espíritu y les promete volver y llevarles con él.
El cristiano debe ser una persona de paz y de calma interior; la fe en Cristo debe darnos esta paz. Por muchas desgracias y dificultades que tengamos sabemos que Cristo no nos abandona, está en medio de nosotros y dentro de nosotros, infundiéndonos su paz. En medio de nuestros desconciertos y nuestras dudas Dios está, y orienta nuestros pasos por el camino de la verdad. ¡Ojalá sepamos vislumbrar su presencia en nuestra vida y en nuestro mundo!
Ahora bien, si queremos llegar a Dios, tendremos que caminar por el mismo camino por el que Cristo anduvo; si queremos conocer la verdad de Dios, tendremos que hacer del evangelio de Cristo nuestra verdad suprema; si queremos vivir en Dios y tener la vida de Dios, vivamos continuamente la vida de Cristo, a través del amor. No nos compliquemos demasiado la vida con leyes y teorías; nuestra ley y nuestra teoría es Cristo, porque él es nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida.
Después de que Cristo se fue corporalmente de entre nosotros nos dejó su Espíritu y el Espíritu de Cristo es el que debe guiarnos en nuestro diario caminar, mostrándonos en cada caso la verdad de nuestras decisiones. Cristo debe ser la vida de nuestra vida. Cuando tengamos alguna duda sobre el camino que hemos de seguir preguntémonos con la mayor humildad y sinceridad posible: ¿cómo actuaría Cristo en mi caso? Y actuemos en consecuencia.
Rafael
