Homilía

Domingo XXVII del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(4 de octubre de 2020)

(Is 5, 1-7; Flp 4, 6-9; Mt 21, 33-43)

La viña del Señor es la Casa de Israel (Is 5, 6). Arrendará la viña a otros labradores (Mt 21, 41)

El tema fundamental que nos ofrece la liturgia de la Palabra en este domingo lo encontramos en la Primera lectura y en el pasaje evangélico de san Mateo; el tema podría llevar el título de: elección y reprobación de Israel que, también y sin duda alguna, puede aplicarse individualmente a cada uno de nosotros. La elección es un don gratuito que compromete a hacerlo fecundo; si el pueblo o el individuo, haciendo mal uso de su libertad, no actúan como quiere el Donante, uno y otro perderán definitivamente, regalándoselo el Señor a  otro pueblo o individuo, de los que espera recoger los frutos que los inicialmente agraciados no produjeron.     

El tema había sido tratado en múltiples ocasiones en el Antiguo Testamento por los profetas Oseas, Jeremías, Ezequiel e Isaías; éste, precisamente, es quien nos lo ha dicho hoy en el hermoso poema en que canta inicialmente lo que el dueño de la viña hizo por ella: la cavó, la descantó, plantó buenas cepas y construyó una atalaya o torre para vigilar posibles visitas no deseadas. Pero arrendada graciosamente a un labrador, éste no quiso saber de ella, optando por el abandono y la molicie más absoluta. 

El mismo profeta aplica la imagen al pueblo de Israel, a su capital, Jerusalén y, sobre todo, a sus dirigentes: La viña del Señor es la casa de Israel (Is 5,7). Dios había derrochado con su pueblo elegido toda clase de cuidados y delicadezas. Pero el pueblo de Israel no correspondió al amor de Dios ni le dio los frutos esperados: Esperaba que diese uvas y dio agrazones (Is 5, 2). Pues bien, con el tiempo, cuando el Mesías esperado vino a tratar de plantar con ellos una nueva viña, lo hicieron fracasar en el intento, sin darse cuenta de que con el trato que le dieron vendría a surgir la nueva viña que ellos no habían querido plantar. Sin duda alguna, hermanos, hoy somos nosotros, comunitaria y personalmente, la viña del Señor.

Por su parte, la primitiva comunidad cristiana, judíos en su mayor parte, al reflexionar sobre la parábola, la entendió como una advertencia de Cristo y también como una invitación a dar frutos según Dios, puesto que a ella se le había confiado la viña del reino, para un servicio fiel y fecundo. Hoy para nosotros la fe, el culto y la oración han de ir acompañados también de otros frutos muy concretos, para no frustrar  las esperanzas del Señor en esta hora del mundo, tiempo de vendimia y cosecha de Dios. Nuestra elección, como pueblo a Él consagrado, no ha de ser motivo de orgullo estéril, sino de urgente desafío a no quedarnos con los brazos cruzados ante las múltiples tareas que nos están esperando.

Pero hay más: san Mateo incide en este mismo tema, completándolo, casi a continuación, en otra parábola: la de los viñadores rebeldes. El pasado y el futuro se dan la mano en ambas parábolas, tanto en un sentido histórico como en el ámbito personal. En la perspectiva de Jesús todo está muy claro: el dueño de la viña es Dios, Israel es la viña escogida, cultivada, mimada; los servidores de Dios, los profetas, el Hijo asesinado en la segunda parábola es Jesucristo y los homicidas, los judíos. La historia se encargó de hacer realidad la última amenaza: Se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos (Mt 21, 43).

Queda, por tanto, nítidamente claro que lo que Jesús aplicó, en primer lugar, a todo un pueblo, quiso también que cada uno se lo aplicase a si mismo, porque cada uno de nosotros individualmente somos la viña del Señor y estamos llamados a cultivarla con la certeza de que Él es el primero en echarnos una mano en la tarea, habiéndonos asegurado, además, que sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,5), palabras del Señor que comenta san Agustín muy brevemente de este modo: “Yo solo, no, sino Dios conmigo; ni la gracia de Dios sola, ni yo mismo solo” (De gratia et lib. arbitrio, 5, 12).

Ciertamente que no somos de los que han rechazado o rechazan a Cristo; la prueba es que estamos aquí, porque sabemos que Él es la piedra angular y creemos en Él. Pero siempre podemos y debemos preguntarnos para que nuestra fe recobre nuevos quilates: ¿producimos los frutos que Él espera de nosotros? ¿Seguirá siendo actual el aviso de Jesús, de que será retirado el Reino a los primeros destinatarios y se lo dará a otros que lo administren mejor? ¿No será ésta la explicación del cambio operado en algunas comunidades cristianas que durante siglos estuvieron llenas de entusiasmo y vitalidad y ahora languidecen? ¿No habrá sido esa falta de vitalidad la responsable de la falta de vocaciones sacerdotales y religiosas que en otros tiempos florecieron en las familias?

Teófilo Viñas, O.S.A.