Homilía

Domingo I de Adviento (Ciclo B)

(29 de noviembre de 2020)

(Is 63,16b-17; 64,1.3b-8; 1Cor 1,3-9; Mc 13,33-37)

Con el primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo ciclo litúrgico. El evangelio que más escucharemos durante este año será el evangelio de S. Marcos.El Adviento es el tiempo idóneo para desterrar el costumbrismo y tomar conciencia de quiénes somos realmente y quién es Dios para nosotros: Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero (Is 64,7).

Ojalá que las limitaciones que nos presenta la pandemia covid19 nos sirvan para tomar conciencia de lo que significa el Adviento verdadero y para celebrar una Navidad que se parezca más a lo que ocurrió en Belén que a lo que nos ofrecen los grandes centros comerciales.

El meollo de la lectura del profeta Isaías está en la confesión de la culpa del pueblo, que se había apartado del Dios verdadero y como consecuencia de sus pecados, el pueblo ya no era capaz de reconocer la presencia de Dios en sus vidas (Cfr. Is 64,6). Al acercarnos al Adviento, la Palabra de Dios nos invita a examinar nuestra vida y a enderezar también aquellos caminos que no responden al plan de Dios. En estos tiempos nos parece sentir, como le ocurrió al pueblo hebreo, el silencio o la ausencia de Dios. Le rezamos, le pedimos que acabe con el coronavirus, y la enfermedad sigue propagándose, miles personas que siguen falleciendo y Dios sordo a nuestras súplica. Creemos que no nos escucha. ¿No será que es nuestra vida la que nos impide detectar su presencia? ¿No tendríamos que volver sinceramente nuestro corazón hacia Dios? Es en estos momentos cuando acudimos a Dios, ¿pero nuestro corazón? Ciertamente que está en sus manos resolver nuestros problemas, ¿pero no nos olvidamos de que Dios nos ha dado unas manos y una inteligencia que se unan con todos los hombres para construir y trasformar este mundo donde todos tengan cabida?  

Es por eso que el evangelio de hoy nos pide que nos revisemos. No hay auténtico Adviento sin la escucha atenta y creyente de la Palabra de Dios, y hoy nos alerta por tres veces con el verbo: ¡Vigilar!,  no adormilarse. Vigilar viene a ser algo así como: tener los ojos bien abiertos, daos cuenta. El vigilar nos tiene que llevar a superar la superficialidad con que llevamos nuestra vida, a desmantelar los engaños que nos creamos ante las necesidades personales, que nos llevan a buscar de manera desenfrenada aquello que creemos que nos da la felicidad. En este sentido, la vigilancia supone una actitud de estar atentos para no dejarnos engañar de nuestro enemigo común. Vigilar supone asumir, con la gracia de Dios, la responsabilidad que nos ha puesto en nuestras manos. Y vigilar supone no confiar en nuestras fuerzas sino acudir por la oración a que el Señor venga en nuestra ayuda.

En la Iglesia todos tenemos una responsabilidad, todos somos servidores y necesarios. Nuestra misión es hacer del evangelio una lámpara que ilumine el camino de la vida y nos mantenga en actitud vigilante.  El Señor nos invita a vigilar diariamente en la iglesia, en el trabajo y en nuestros hogares. Pero no vigilar a los demás sino a nosotros. Solo somos servidores, responsables de trabajar…, el Señor es el dueño. La vigilancia supone estar atentos a aquellos lugares, algunos insospechados de nuestra vida, en los cuales Jesús se nos puede manifestar y salir a nuestro encuentro.

Si nos mantenemos despiertos veremos las sorpresas que Dios nos da cada día. Los momentos más “oscuros” de nuestra vida son los que manifiestan la presencia de Dios de una manera especial.

Vivamos el Adviento. Practiquemos la justicia porque Dios sale al encuentro del que practica con alegría la justicia y andan en sus caminos (Is 64, 4).

Vicente Martín, OSA

.

 

.