Homilía

Domingo III de Pascua (Ciclo B)

(18 de abril 2021)

(Hch  3, 13-15. 17.19; 1 Jn 2, 1-5a; Lc 24, 35-48)

Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó (Hch 3, 15). El Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos (Lc 24, 46)

Tras la escena de la aparición a los discípulos de Emaús que recordábamos el domingo pasado, hoy acabamos de escuchar la primera aparición del Resucitado al grupo de los apóstoles. La reacción inicial, como hemos visto, es de susto, de miedo, de incredulidad; creían ver un fantasma. Jesús, tras el saludo inicial −Paz a vosotros− les asegura que no es un fantasma y les muestra las llagas de sus manos y de sus pies: Soy yo en persona −les dice−. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo (Lc 24, 39). No, no era fácil para ellos entender este encuentro con quien habían visto morir en la cruz. Una prueba más de que es el mismo Jesús Nazareno que había convivido con ellos lo muestra al pedirles algo para comer; ellos le ofrecen un pez asado que, en efecto, come delante de ellos.   

Y, a continuación, pasa a una catequesis al estilo de la que les había hecho poco antes a los dos discípulos en el camino de Emaús, presentes también aquí, tras haber vuelto, a toda prisa para comunicarles que lo habían conocido “al partir el pan”. Todos −les dice− deberán esforzarse por comprender el verdadero sentido de las Escrituras; Él mismo les abre el entendimiento para comprenderlas: lo que habían anunciado Moisés, los profetas y los salmos se estaba cumpliendo plenamente en todo lo que había tenido lugar durante aquellos días. En Jesús se había cumplido todo lo que decía de Él el Antiguo Testamento.

 Los discípulos deberán esforzarse por comprender el sentido de las Escrituras y la nueva presencia del que está vivo. Esto es la fe. Y cualquier episodio de las apariciones invita a profundizar en el sentido de la fe que consiste en el reconocimiento de una persona viviente, pero invisible, que ha adquirido, tras su resurrección, un nuevo género de vida más allá de las leyes del espacio y del tiempo.

 El mensaje primero y principal del Resucitado en sus apariciones es comunicar a los suyos que está vivo. En los relatos de las apariciones hay un intento por parte de Jesús de hacerse ver en todas ellas que es el mismo que habían conocido y había convivido con ellos antes de su pasión y muerte. Ahora nadie lo reconoce de inmediato, pero basta un leve gesto para saber quién es: con los discípulos de Emaús se hace caminante; con la Magdalena, hortelano; en las playas del lago es un desconocido; en el cenáculo temen ver un fantasma… Pero siempre es Él, el mismo que conversaba con ellos. La identidad termina por imponerse y lo reconocen. El Jesús de la fe es el mismo que el Jesús de la historia.      

Es verdad que nosotros no pretendemos ver en persona a Jesús, y que coma con nosotros, pero tenemos fe en su presencia real, aunque invisible. Y por lo mismo, no estamos celebrando solamente que hace dos mil años resucitó y que el sepulcro estaba vacío, sino que sigue vivo, aunque no lo veamos y que está con nosotros hasta el fin de los tiempos (Mt 28, 21). Por otra parte, en la Eucaristía también a nosotros se nos “aparece” como Palabra viviente y como Pan de vida. Y también a nosotros nos dice: soy yo, en persona (Lc 24. 39).

Por difíciles que sean estos tiempos, a los que se ha venido a unir una pandemia que se ha extendido a todos los rincones del mundo, y por fuertes que se os presenten los interrogantes y los motivos de duda, en esta celebración pascual tendríamos que dejarnos contagiar de la vida del Resucitado e imitar el ejemplo de aquella primera comunidad que, como nosotros, tampoco vivió unos tiempos fáciles. Y ahí están las persecuciones, precisamente, por profesar y defender la fe en el Cristo resucitado.

En este sentido el apóstol Pedro, en la primera lectura, nos da un admirable ejemplo de coherencia y valentía. Hacía pocos días había negado que conociera a Jesús y, en el momento de la cruz, había huido, como casi todos los demás compañeros, acobardados. Pero ahora él y los otros apóstoles han tenido la experiencia de la Pascua, se han visto inundados por la fuerza del Espíritu y llenos de fuerza, se atreven a decir ante todo el pueblo: vosotros matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó…, y nosotros somos testigos de ello (Hch 3, 15). Se lo había dicho Jesús en el momento de la despedida: Vosotros sois mis testigos (Lc 24, 48).  

Cristo ha querido que todos nosotros seamos testigos creíbles en todos los aspectos de la vida cristiana y muy concretamente en la promoción de la paz y la justicia, esforzándonos en ayudar a todos en un mundo egoísta. Nos lo dice ahora a nosotros: En esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros (Jn 13, 35).  

Teófilo Viñas, O.S.A.