Agustinos
Homilía

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Domingo II de Pascua (Ciclo A)

(12 de abril de 2026)

Según una antigua tradición, este domingo se llama domingo «in Albis». En este día, los neófitos de la Vigilia pascual se ponían una vez más su vestido blanco, símbolo de la luz que el Señor les había dado en el bautismo. Después se quitaban el vestido blanco, pero debían introducir en su vida diaria la nueva luminosidad que se les había comunicado; debían proteger diligentemente la llama delicada de la verdad y del bien que el Señor había encendido en ellos, para llevar así a nuestro mundo algo de la luminosidad y de la bondad de Dios. Esta es nuestra tarea también hoy. 

Si vamos al Evangelio, nos damos cuenta que si el domingo pasado, la figura central era María Magdalena hoy lo es uno de los apóstoles, Tomás, el llamado “Dídimo”, al que la tradición cristiana, apoyándose en el texto de hoy, ha calificado como “el incrédulo Tomás”.

1-. Las dudas de Tomás

Tomás en los evangelios sinópticos aparece solamente en la lista de los doce que fueron llamados por Jesús. Sin embargo, en el evangelio de Juan, con anterioridad al relato de hoy, había aparecido ya en dos momentos importantes de la vida de Jesús. Cuando los discípulos no se atreven a ir a Judea por miedo a los judíos, después de la muerte de Lázaro será Tomás el que diga con valentía: “Vamos también nosotros a morir con él”.

Tomás vuelve a reaparecer en la última Cena. Será Tomás el que pregunte a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”, recibiendo la conocida respuesta de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida».

Finalmente es importante subrayar que Tomás es uno de los discípulos que es testigo del Resucitado en la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades y que aparece, por última vez en el Nuevo Testamento, dentro del grupo de los once, a la espera de Pentecostés, al inicio de los Hechos de los apóstoles.

En el relato de hoy cuando los discípulos le cuenten que han visto al Señor el dirá: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. No se conforma ni siquiera con ver al Resucitado: exige meter sus dedos y sus manos en las llagas del Crucificado.

Al apóstol vemos que se le concede tocar las heridas de Jesús, y haciéndolo lo reconoce como su Dios y Señor: “Señor mío y Dios mío”. Sus heridas le sirven de reconocimiento y nos sirven hoy para reconocerle en todos los que sufren y en nuestro propio sufrimiento también.

Al meditar el evangelio de hoy nos damos cuenta que la frase que Jesús le dijo a Tomás: dichosos los que crean sin haber visto habla de una visión que va mucho más allá de la simple visión corporal. La fe, por supuesto, es un don de Dios, pero Dios ofrece el don de la fe a toda persona de buena voluntad que quiere ver. Nosotros, como Tomás antes de ver con los ojos del cuerpo a Jesús, debemos desear verlo vivamente con los ojos del alma. Tomás deseaba verlo, se moría de ganas por verlo, por eso cuando lo vio el alma se le llenó de alegría y júbilo. El deseo de ver a Dios ya es una forma de ver a Dios; cuanto más vivo y suplicante sea este deseo, tanto más viva y operante será nuestra fe.

Por otro lado, las dudas de Tomás reflejan nuestras propias dudas y es que las dudas, si se viven de una manera sana nos pueden ayudar a profundizar en nuestra fe y a descubrir lo esencial de nuestra vida.

Deseemos como Tomás, y como los demás discípulos, ver siempre a Dios y seguro que Dios se hará presente en nuestras vidas como una presencia viva y alentadora que nos quitará los miedos del mundo que nos rodea.

2-. Aprender a creer

La figura de Tomás encierra un proceso de fe. Y es que el aprendizaje de la fe es un camino largo y que nunca se acaba, como nunca se acaba de aprender a amar. La fe hay que pedirla todos los días.  En una carta escrita pocos meses antes de ser ejecutado por los nazis, el célebre teólogo D. Bonhoeffer comentaba a un amigo el encuentro que había tenido en cierta ocasión con un joven pastor protestante. Ambos se planteaban qué es lo que querían hacer con su vida. El pastor afirmó con convicción: “Yo quisiera ser santo”. Bonhoeffer, por su parte, le escuchó con atención y dijo su deseo: “Yo quisiera aprender a creer”.

He pensado más de una vez en estas palabras del teólogo alemán. Creo que pueden ser, en estos tiempos, una buena definición de un cristiano responsable: un hombre o mujer que desea aprender a creer, día a día, hasta el final de su vida.

Termino diciendo que una leyenda dice que Tomás acabó compartiendo realmente el destino de Jesús. Según el Martirologio, entregó su vida en Calamina, en la India, después de haber predicado allí en Persia el evangelio. San Francisco Javier contará en sus cartas cómo se encontró en el Malabar con cristianos viejos, que se llaman a sí mismos «cristianos de santo Tomás» en recuerdo del que fue primer evangelizador de aquella cristiandad.