Homilía

Domingo XIX del Tiempo Ordinario (Ciclo A)

(9 de agosto de 2020)

 (1R 19.9ª.11-13; Rm 9,1-5; Mt 14,22-33)

¡Qué bien nos vendría a los católicos dedicar más tiempo a lectura de la Palabra de Dios, conocerla en el contexto en que fue escrita y reflexionar nuestros problemas y los de la Iglesia a la luz de la Palabra divina!

Una barca zarandeada por las olas y el viento es un buen símbolo de tantas situaciones personales y comunitarias que se repiten en la historia y en nuestra vida. La escena primera del evangelio (Mt 14,22-27) presenta, de manera simbólica, la situación en la que se encuentra la comunidad de Mateo después de la Ascensión. Los primeros cristianos son perseguidos y surgen lógicamente las zozobras, las dudas y los miedos entre ellos.

También hoy la Iglesia se ve reflejada en esta tormenta. La barca de la Iglesia se tambalea con fuerza por los muchos escándalos, por el carrerismo, por el individualismo, por la fe adormecida, etc. Nos da la sensación, a veces, de que la Iglesia se hunde. Y a esta larga lista de problemas que afectan a la Iglesia, podemos añadir los nuestros, más personales. Y ante tanto conflicto, de unos y de otros, todo parece hundirse. Tenemos la sensación de ahogo y de fracaso. El miedo nos hace perder la confianza hasta en nuestras propias fuerzas. Es el mismo sentimiento de los apóstoles, sentimiento que nos impide reconocer a Jesús que viene a nuestro encuentro en los momentos difíciles. El texto evangélico nos asegura que, por encima de nuestras dificultades, por encima de nuestros temores, por encima de nuestros bloqueos, Jesús está siempre con nosotros. Según el evangelista, en el momento en que se debaten con la tormenta, se les acercó Jesús andando sobre el mar (v.26). Los discípulos no son capaces de reconocerlo en medio de la tormenta y la oscuridad de la noche, se asustan. Les parece un fantasma, pero él les grita, se les da a conocer con palabras de aliento: Ánimo. Soy yo, no tengáis miedo. Pedro pide ir en su busca caminando también sobre las aguas. Y a Pedro le sale bien la jugada, se fía y camina sobre el agua, pero pronto comienza a hundirse porque, en lugar de poner los ojos en Jesús, se vuelve hacia sí mismo. Pero cuando grita ¡Señor, sálvame!, Jesús extendió la mano y lo agarró (v.31). Ya no dudaba de la identidad del fantasma, sabía que quien estaba cerca era el Señor, y que tenía todo el poder, no solo de superar las fuerzas de las aguas embravecidas, sino de salvarlo.

Pues lo mismo nos pasa a nosotros en los momentos difíciles. Jesús nos invita a seguir confiando en él, a seguir confiando en este Dios que nos manda caminar sobre las aguas, sobre las dificultades. No siempre resulta fácil reconocer a Jesús; por eso tenemos que aprender a caminar hacia Jesús en medio de las crisis como Pedro, apoyándonos no en el poder o el prestigio, sino en la Palabra y presencia de Jesús.

Cuando nosotros nos encerramos en nuestros problemas y quitamos nuestros ojos de Cristo, nuestra fe se tambalea, comenzamos a dudar, a tener miedo y comenzamos a hundirnos como Pedro. No es fácil. Pero lo mismo que él, podemos experimentar que Jesús extiende su mano y nos salva, mientras nos dice: ¡Hombre, mujer de poca fe! ¿Por qué has dudado?… ¿Por qué dudamos tanto?… ¿Por qué no aprendemos nada nuevo de las crisis?… ¿Por qué seguimos buscando falsas seguridades para sobrevivir, sin aprender a caminar con una fe renovada hacia Jesús?… Las crisis son inevitables, al tiempo que son también oportunidades para recuperar a Jesús, para una renovación profunda, no solo en la forma, sino también en el fondo. Cristo actúa en la crisis que estamos viviendo. Él nos está conduciendo hacia una Iglesia más evangélica. Necesitamos la purificación para liberarnos de intereses mundanos, de triunfalismos engañosos y de deformaciones que nos han ido alejando de Jesús a lo largo de los siglos. Cuando las cosas transcurren con normalidad en mi vida, pienso que tengo fe y que Jesús está a mi lado, acompañando mí camino, pero cuando surge algún problema, alguna tempestad en mi vida, que tambalea mi barca y me descentra, mi fe se nubla y la figura de Jesús se desdibuja. Es fácil llevar adelante la vida de fe cuando los otros aspectos de la vida están bien, pero cuando la situación personal o familiar es dolorosa o complicada, menos aún reconocemos a Jesús, o lo podemos reconocer como un fantasma, alejado de nuestra vida. Lo mismo que invita a los discípulos a no tener miedo, hoy también nos invita a nosotros a confiar en él, a tener fe. Jesús se nos acerca en medio de los estruendos y nos dice: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo(v.28). Solo tenemos que dejarlo subir a nuestra barca, dejar que entre en nuestra vida. Me pregunto cuántas veces el Señor me habrá hecho esta pregunta: ¿Por qué dudaste?… Si no hay intimidad con Jesús, si nuestra vida no está unida a Jesús, el hundimiento es inevitable. Pedimos ayuda a Jesús, pero nuestro corazón y mente no están llenos de confianza en él. Tiene más peso la tormenta que la fe. Con razón Jesús, dándonos la mano, nos dice como a Pedro: Hombres/mujeres de poca fe, ¿por qué dudáis? No es lo importante de este evangelio la furia de la tempestad, sino la débil confianza de los discípulos y la voz apaciguadora de Jesús.

¿Qué olas sacuden mi barca? ¿Le grito a Cristo con la fuerza de la fe que me salve? ¿Cuántas veces he escuchado de Cristo: ¿Hombre de poca fe? Con la confianza de estar protegidos por Jesús, cada domingo celebramos la eucaristía, y por muchos problemas que tenga, Cristo siempre me dice: ¡Ánimo! Soy yo. No temas.

Vicente Martín, OSA