Domingo II de Adviento (Ciclo A)
(7 de diciembre de 2025)
(Is 11,1-10; Sal 71; Rom 15,4-9; Mt 3,1-12)
Estamos en el segundo domingo de Adviento. En estos días, la propaganda nos invade por todos los medios, queriendo convencernos de que la Navidad se celebra consumiendo más y más. Pero el Evangelio nos propone algo muy distinto. Juan el Bautista, desde el desierto, alza su voz y llama a la conversión. Su mensaje no es cómodo, pero es necesario: preparar el corazón para recibir al Señor.
La voz de Juan resuena también hoy en nuestra celebración eucarística. Su grito: «Convertíos», sigue siendo actual y nos obliga a mirar hacia dentro y preguntarnos: ¿qué debo cambiar?, ¿de qué necesito convertirme? La verdadera conversión no es superficial, sino que toca la raíz de nuestro ser, allí donde Dios quiere encontrarnos. El camino de la conversión no se dibuja en los mapas, sino en el corazón; no se recorre en el desierto físico, sino en la vida cotidiana. Preparar los caminos del Señor significa allanar lo que está torcido en nosotros: la soberbia de creer que siempre tenemos razón, el rencor que nos impide perdonar, el egoísmo que nos encierra en lo nuestro, las heridas que no hemos sanado, la tristeza que nos paraliza, la fe que se ha adormecido. Todo eso necesita ser transformado.
A veces pensamos que basta con estar en la iglesia o escuchar la Palabra para sentirnos seguros. Sin embargo, el Evangelio nos recuerda que muchos de los que acudían a Juan eran personas religiosas y piadosas, y aun así él les decía con claridad: «También vosotros necesitáis conversión». No basta con decir: «Tenemos por padre a Abrahán». La fe no se hereda, se vive. No es suficiente con lo que hicieron nuestros padres ni con la religión que profesamos de manera externa. Cada uno debe asumir su responsabilidad y dar frutos de conversión. Juan utiliza imágenes fuertes: el árbol que no da fruto y es cortado, el bautismo con Espíritu y fuego, el grano que se separa de la paja. Son advertencias que nos recuerdan que la salvación no es automática, sino respuesta personal al amor de Dios.
El mensaje de Juan es fresco y exigente: no podemos contentarnos con vivir una fe a medias. Estamos llamados a revisar nuestra vida, a despertar nuestra fe y a asumir la misión de hacer presente a Cristo en el mundo. El Adviento es tiempo de espera, pero también de acción: preparar el corazón, reconciliarnos, abrirnos al Espíritu.
Aprovechemos este tiempo de gracia. Preparémonos para la Navidad como nos lo pide el Bautista: con conversión sincera, con obras de justicia y con esperanza viva. Entonces descubriremos qué es lo que realmente vale la pena: seguir la voz del Señor, y no dejarnos seducir por tantas sirenas que prometen una felicidad efímera. Solo en Cristo encontraremos la alegría que no pasa.
Vicente Martín, OSA
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María
(8 de diciembre de 2025)
Inmaculada
Hoy la Iglesia celebra la concepción inmaculada de María. El PapaPio IX , en la carta apostólica Ineffabilis Deus de 1854, declaró que María “fue preservada, por particular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Jesucristo salvador del género humano, inmune de toda mancha de pecado original”. Tal verdad de fe está contenida en las palabras del saludo que le dirigió el arcángel Gabriel: “Alégrate, llena de gracia. El Señor está contigo”.
Las lecturas de hoy tienen una línea de continuidad con la historia de la humanidad. En el libro del Génesis, no sé si se han dado cuenta, el Señor llama a Adán y le pregunta ¿dónde estás? El hombre contestó: Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo…y me escondí. Es como si la historia de la humanidad comenzase con una pregunta que hasta muchos años después no va a ser contestada.
Años después la Virgen María dirá: Heme aquí… soy la esclava del Señor. María al asumir ser la madre de Dios permite a Dios hacer de Dios, de obrar libremente en ella.
La fiesta es rica en muchos aspectos, pero quisiera resaltar principalmente cuatro cosas para nuestra meditación en este día de la Inmaculada:
La importancia del silencio
El momento en que Dios se hace hombre, todo está rodeado de silencio. El encuentro entre el mensajero divino y la Virgen María pasa totalmente desapercibido: nadie sabe, nadie habla de ello. Es un acontecimiento que, si hubiera sucedido en nuestro tiempo, no dejaría huella en los periódicos y en las revistas, porque es un misterio que sucede en el silencio. Y es que lo que es realmente grande con frecuencia pasa desapercibido.
María, el día que recibió el anuncio del Ángel, estaba recogida y al mismo tiempo abierta a la escucha de Dios. En ella no había obstáculo alguno, nada la separaba de Dios. Y es que la voz de Dios no se reconoce en el ruido y la agitación.
En este mundo lleno de activismo y de consumismo quizás sea necesario hacer silencio en nuestro corazón para ver lo que Dios quiere de nosotros, pues las noticias importantes llegan desde el silencio del corazón.
La salvación del mundo proviene de la gracia.
Dice el Papa Benedicto que hay una segunda cosa, aún más importante, y es que la salvación del mundo no es obra del hombre -de la ciencia, de la tecnología, de la ideología -, sino es por la gracia.
María es llamada la “llena de gracia” (Lc 1, 28) y esta identidad nos recuerda el primado de Dios en nuestra vida y en la historia del mundo, nos recuerda que el poder del amor de Dios es más fuerte que el mal. Este día de la Inmaculada se nos recuerda que, por mucho que pueda caer el hombre, nunca es demasiado bajo para Dios, que descendió hasta los infiernos; por mucho que nuestro corazón ande por mal camino, Dios es siempre “más grande que nuestro corazón” (1 Juan 3, 20). El soplo suave de la Gracia puede dispersar las nubes más negras, puede hacer la vida más hermosa y llenar de significado incluso las situaciones más inhumanas.
Recordemos que todo es don en nuestra vida y en nuestro mundo, no lo debemos olvidar.
La verdadera alegría.
Un tercer concepto que podemos entresacar de esta fiesta es la verdadera alegría. La Gracia trae la verdadera alegría que no depende de la posesión de las cosas, sino que tiene sus raíces en lo más íntimo, en lo más profundo de la persona, y que nada ni nadie puede quitar.
El cristianismo es el anuncio de la victoria de la Gracia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte. La alegría de María está plena, porque en su corazón no hay sombra de pecado. Esta alegría coincide con la presencia de Jesús en su vida. Cuando Dios pasa a formar parte de nuestra vida la alegría está presente, si nos falta Dios nuestro mundo se llena de sombras.
…Y el ángel se retiró»..
Quiero terminar con esta frase del final del Evangelio de san Lucas y lo hago porque siempre me ha impresionado este detalle de la anunciación.
María queda sola. Ya no habrá ninguna comunicación extraordinaria. Ningún mensaje que le dé garantías y elimine las dudas. Debe hacer el camino con la ayuda de la propia fe, como nosotros, no con la asistencia especial del ángel.
También en su vida saltarán los por qué. Y deberá llegar a la luz a través de las tinieblas más espesas.
El ángel ha cumplido su misión. Ha terminado de hablar. De ahora en adelante la Virgen tendrá que preguntar a los aconteceres de cada día para saber algo. Como todos los mortales. Desde ahora se dará cuenta que Se conoce el camino… recorriéndolo. Se encuentra la verdad… haciéndola.
Rafael
