Homilía

Domingo XI del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

(13 de junio de 2021)

(Ez 17,22-24; 2Cor 5,6-10; Mc 4,26-34-45)  

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender (Mc 4,33).

Si habéis escuchado con atención las lecturas, habréis encontrado una semejanza entre la primera lectura y el evangelio. La parábola de Ezequiel ejemplifica, en la rama tierna que Dios escogerá de la copa del alto cedro y que el mismo Señor plantará con su mano en la cumbre de un monte elevado, la restauración del pueblo de Israel después de la destrucción de la Ciudad Santa y de su templo, y de la extinción de la línea dinástica. Efectivamente el pueblo de Israel, Jerusalén y el templo del Señor fueron reconstruidos, aunque no así la línea monárquica de David, como el Señor le había prometido (2Sam 7).

La parábola de la rama tierna destaca que la reconstrucción del pueblo es obra divina como lo fue la fundación de Israel a partir de las doce tribus dispersas. Esta parábola, de carácter arbóreo, conecta mejor con la parábola de la mostaza, cuya semilla era considerada la más pequeña de las de su clase, en contraste con el arbusto de 3 ó 4 metros a que daba lugar, hasta el punto de poder dar cobijo a los pájaros.

Jesús solía hablar a la gente sencilla en parábolas para exponerles sus enseñanzas de forma asequible; otra cosa es que siempre lograra que lo entendieran. Hoy el evangelio de Marcos, que es el que seguimos en el ciclo B, propone dos parábolas del Reino de Dios, la gran pasión de Jesús, pues éste era también el proyecto del Padre, para el que Jesús había venido al mundo y al que consagró su actividad apostólica e incluso entregó su vida física.

¿Qué quiere enseñarnos Jesús sobre el Reino de Dios con estas dos parábolas? Con la de la siembra que crece sola, sin intervención del hombre, nos enseña que el Reino de Dios es, ante todo, obra divina. En efecto, una vez depositada la semilla en la tierra, crece por su fuerza vital interna, sin necesidad de la atención constante del agricultor ya sea que éste duerma o vele. De tal forma que, “cuando la hora llegue, el Reino de Dios vendrá con seguridad absoluta. Su venida es sólo cosa de Dios” (Schmid, El evangelio según san Marcos, Herder, 150).

Con la parábola del grano de mostaza, la intención recae en persuadirnos de que el Reino de Dios está llamado a extenderse por toda la tierra (por todo el universo, diría yo), a pesar de la pequeñez de su comienzo, de las trabas, las persecuciones y los retrocesos. Los imperios y las civilizaciones –como obras humanas- alcanzan su apogeo y luego decaen; pero la obra de Dios perdurará por los siglos sin fin.

¿No estaremos exagerando? Recapitulando la historia, obtenemos que la religión judeo-cristiana data de unos 3.800 años desde la vocación de Abrahán para constituirse en padre de un pueblo que reconociera y adorara al Dios único del cielo y de la tierra. A pesar de la infidelidad de Israel a su Dios y de su hundimiento como pueblo, de la destrucción del templo y de la extinción de la dinastía davídica, se adivina en el retoño mesiánico del tronco de David la continuidad de la dinastía en la forma de una nueva realeza proyectada hacia un futuro escatológico. El cristianismo aportó a la religión judía el sentido de universalidad. Con sus luces y sus sombras, arraigó en Occidente y luego se extendió por toda la tierra. Mientras parece agostarse en la tierra fértil que lo acogió en su primera expansión, sofocado por el pensamiento ilustrado, la religión cristiana brota con fuerza en otros pueblos de la tierra.

La fuerza del Espíritu de Dios es incontenible. Parecería que el empuje de la fe se va apagando, pero se reinventa y puja en formas nuevas.

Se echa de ver que la obra del Reino de Dios es propiamente suya, pues es de una calidad sobrehumana, divina. Pero eso no significa que los cristianos debamos esperar de brazos cruzados a ver cómo trabaja el Espíritu del Señor pues entonces no nos habría enviado el Maestro a hacer discípulos de todos los pueblos. Dios, que nos ha redimido y santificado sin nosotros, no nos salvará sin nosotros.

El Reino de Dios es la sociedad humana imbuida de los valores de Dios, estructurada según la mente divina. En esta obra, estamos llamados a trabajar todos los cristianos, colaborando con los hombres de buena voluntad. Aportando cada uno nuestro granito de arena por pequeño que sea, pues es Dios quien le da su verdadera dimensión; sin temor a que nuestra contribución se pierda, pues nada se le despista a Dios; seguros de que el Reino de Dios se establecerá, y gozosos de que también nosotros habremos contribuido a establecerlo. La patria definitiva del hombre se encuentra en la comunión con Dios sin velos ni incertidumbres, sino a cara descubierta. Para merecer la visión clara, es preciso vivir agradando al Señor.

Modesto García, OSA