Domingo II de Cuaresma (Ciclo A)
(1 de marzo de 2026)
(Gén 12,1-4ª; Sal 32; 2Tim 1,8b-10; Mt 17,1-9)
Ante la pregunta de Jesús sobre su identidad, Pedro, inspirado por Dios, responde sin vacilar: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Poco después, por primera vez, Jesús anuncia a los discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas; que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día (v. 21). No es difícil imaginar la confusión y el desconcierto de Pedro y de los demás al escuchar estas palabras. La experiencia que habían tenido de Jesús no parecía encajar con aquel anuncio de sufrimiento y muerte.
En este contexto, “seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan y subió con ellos aparte a un monte alto” (17,1). Allí, Jesús se transfiguró. Los apóstoles pudieron entrever su gloria y vislumbrar que la muerte no sería el final, sino un paso necesario hacia la Resurrección. Ellos pretendían la gloria sin la cruz; con el tiempo comprenderían que para llegar a la gloria es preciso pasar por ella. La aparición de Moisés y Elías confirma que Jesús no ha venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a llevarlos a plenitud (cf. Mt 5,17). Y la voz del cielo reafirma su identidad: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo” (v. 5).
Que los tres sinópticos narren la Transfiguración, aunque con pequeñas variantes, muestra la importancia que este acontecimiento tuvo para los apóstoles y para los primeros cristianos. Fue un apoyo decisivo para afrontar el rechazo y la persecución que ellos mismos sufrirían. Los apóstoles, testigos de la Transfiguración, transmitieron esta experiencia después de la Resurrección, y su testimonio ha llegado a millones de creyentes a lo largo de los siglos.
La Transfiguración pretende fortalecer la fe de los discípulos ante la inminente muerte de Cristo. Así lo expresa el prefacio de este domingo: “Después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el resplandor de su luz, para testimoniar, de acuerdo con la Ley y los Profetas, que por la pasión se llega a la gloria de la resurrección”. Jesús, como buen pedagogo, prepara a los apóstoles para que puedan soportar el escándalo de la cruz. Dios les manda escuchar a Jesús, pero cuando llega la hora de la Pasión, vemos que olvidan lo que habían contemplado.
También nosotros, con frecuencia, naufragamos como ellos. Si Dios es infinitamente bueno y poderoso, ¿cómo es posible tanto sufrimiento, tanta injusticia, tanta violencia? ¿Por qué sufren los justos? ¿Cómo entender que Cristo tuviera que pasar por la cruz? Cada día nos enfrentamos a preguntas difíciles: ¿qué camino seguir en un mundo cada vez más complejo? Como Pedro, nos cuesta descubrir que a la gloria se llega por la cruz, por los sufrimientos que purifican y abren el corazón a Dios. La cruz de Jesús es la prueba de que la vida es más fuerte que la muerte. Comprender el seguimiento de Cristo solo es posible escuchándole y caminando con Él por el camino de la cruz.
Cuentan que un día Santa Teresa se quejaba al Señor de las enfermedades, dificultades y arideces que padecía. Jesús le respondió: “Teresa, así trato yo a mis amigos”. Y ella, con su gracia habitual, replicó: “Ah, Señor, por eso tienes tan pocos”. En todo momento —y especialmente en los de cruz— Dios nos invita a escuchar a Jesús y a no temer. Los discípulos se asustaron ante la Transfiguración, pero Jesús los animó a levantarse y no tener miedo. También hoy, en este segundo domingo de Cuaresma, Jesús nos insiste en lo mismo: no tengáis miedo.
Podemos preguntarnos: ¿qué siento cuando Jesús me invita a estar con Él? ¿A qué temo cuando bajo de la montaña? ¿A cambiar mi vida? ¿No estaremos, como Pedro, queriendo construir enramadas para evitar el compromiso? No tengamos miedo: Cristo camina con nosotros.
Vicente Martín, OSA
